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Mara
El lunes me cuesta arrancar. Mi cuerpo ya se había acostumbrado a que la alarma no sonara a las seis, a no tener que salir corriendo. Pero si quiero ducharme, maquillarme, desayunar y llegar a tiempo en transporte público, no queda otra.
Estoy entumecida, como si la pereza se hubiera instalado en los huesos.
Entro en la ducha y dejo que el agua fría me sacuda el sueño.
Cuando salgo, mi cerebro me pide cafeína como hace meses.
Me preparo un té negro bien cargado, con hielo, y lo bebo deprisa.
No hay tiempo para más: porque he calculado mal el tiempo y ya voy justa.
Cojo el bolso y justo cuando voy a cerrar la puerta, vibra el móvil: mamá . Es la llamada mensual. Me pongo los cascos inalámbricos y respondo mientras bajo las escaleras.
—Dime, mamá. Estoy camino de la oficina.
—Ah, ¿ya has vuelto? Pensaba que te quedabas hasta el final del verano.
—Na, ya había recuperado las pilas y estaba aburrida allí —miento sin pestañear.
—Genial, entonces, así vuelves a la empresa. No es bueno dejarla tanto tiempo.
—Sí.
No hace ni una pregunta sobre cómo estoy ni sobre la abuela.
—¿Está arreglado todo lo de la herencia?
—Casi. No me has enviado tus papeles firmados.
—Ay, claro. Estoy a mil cosas. Intento hacerlo aquí en el ordenador y te lo envío. Al final se ha complicado y nos tenemos que quedar más tiempo.
—Vaya. Qué pena.
Silencio. Se escuchan nuestras respiraciones y nada más. Antes, ese silencio me incomodaba y me empujaba a intentar que reaccionaran de otra forma. Ahora solo me limito a aceptar que siempre han sido así: distantes, frías.
Un tutú interrumpe el vacío. Veo que es Anna y un pinchazo de preocupación me recorre el estómago.
—Lo siento, mamá, te tengo que colgar. Dale un beso a mami.
Descuelgo enseguida.
—¿Sí?
—Mara, hija —la voz entusiasta de Anna me envuelve.
— Ma bella ragazza! —se oye la voz de la nonna.
Intuyo que tienen el altavoz puesto.
—Sabía que ya estarías despierta.
—Sí, sí. ¿Qué tal? ¿Todo bien?
—Sí, hija. Pero la nonna no ha dejado de insistir en llamarte desde que Elio nos dijo el sábado que te habías ido. Hoy yo ya me iba a trabajar, pero me ha hecho la encerrona: o te llamaba o te llamaba.
Agradezco que guarde para nosotros las verdaderas razones por las que me he ido. Es más fácil así. Al mismo tiempo, no puedo evitar sonreír porque la nonna es capaz de mover cielo y tierra para salirse con la suya.
—Sí, ya estoy camino del trabajo.
—¿Y cómo está todo por allí? ¿Sigue igual que cuando te fuiste?
—Sí —aunque por dentro sé que está igual, pero un poco más triste, más gris, más…—. ¿Y por allí?
—Yo triste porque ya te me has ido —dice la nonna —. Sin despedirte. Prométeme que vas a volver.
—Sí, sí. Tengo que acabar de cerrar todo el papeleo de la herencia.
—Bueno, pues tendrás que venir a comer a casa. No acepto un no por respuesta.
—Vale, sí, claro.
Su calidez me recorre el pecho como una manta suave. Me siento vista, querida, y me doy cuenta de que quizá echo tanto de menos a Elio, como a su familia.
—Anda, deja a la chiquilla, ya has visto que está bien, madre —dice Anna.
—No, no pasa nada. Llamad siempre que queráis —respondo.
—¿Ves? —le replica la nonna con una risita cómplice.
—Bueno, hija, me voy a trabajar. Ya sabes que aquí siempre vas a tener tu sitio —concluye Anna.
Les lanzo besos al aire antes de colgar. El contraste con la llamada anterior es tan grande que me deja un nudo en la garganta. Y todavía no sé si eso me reconforta o me rompe un poco más.