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Mara
Voy al hipermercado que hay al lado de casa en domingo, porque aquí en la capital nada cierra nunca. Recuerdo a Mateo avisándome los sábados antes de cobrarme:
—Mira bien, niña, que no te olvides de ná , que mañana no abro.
De repente, la variedad de cosas me abruma: pasillos interminables, estantes cargados de colores chillones y ofertas en neón.
Me quedo un rato quieta, con la mano suspendida sobre una caja.
En la sección de infusiones hay tantas que me pierdo.
Son miles de combinaciones de flores y frutas y no hay ni rastro del té negro con aroma de caramelo que Mateo me consiguió.
Me sorprendo girando la cabeza, buscando a alguien que me recomiende cuál llevarme. No hay nadie, solo una señora pasa a mi lado empujando el carro sin mirarme, como si yo fuera invisible. Podría ir con el pelo rosa fucsia y vestida de payaso, que nadie me dedicaría una segunda mirada.
Podría ir tosiendo hasta quedarme sin aire y no estaría la vecina para decirme:
—Niña, esa tos no me gusta, ¿cómo no vas a la farmacia?
Tampoco aparecería al día siguiente con un caldito, aunque hicieran cuarenta grados, para que me asentara el cuerpo.
Todo eso no lo tengo, y lo echo de menos con un nudo que no esperaba. Antes me gustaba esta vida, o eso pensaba. Supongo que es cuestión de tiempo que vuelva a acostumbrarme. ¿Será esto la famosa depresión posvacacional de la que hablan?
En el pasillo de las galletas, de pronto, la veo: la misma marca que compraba en el pueblo, con su envoltorio de siempre. La pongo en el carro. Pienso que, cuando me prepare un té y me coma una de estas galletas, tal vez, por un instante, será como estar otra vez en la casa de mi abuela.
Me preparo un té helado y coloco el paquete de galletas sobre la mesa. He esperado todo el día para este momento. Rompo el envoltorio con cuidado. Me acerco el paquete a la nariz. Respiro hondo. El olor es familiar, pero no del todo. Le falta algo, quizá el aroma propio de la casa de la abuela.
Cojo una y le doy un mordisco. El sabor es el mismo y, sin embargo, no sabe igual.
No está la taza de loza desconchada ni el mantel de hule con dibujos de limones ni el sonido de las campanas de la iglesia de fondo.
Solo estoy yo, sentada en una cocina, masticando un recuerdo que ya no me pertenece.
Lo sé: no puedo, y nunca podré, volver a sentirme tan en casa como me sentía allí porque las cosas buenas solo las sabes apreciar cuando te las quitan después de tenerlas. No antes de tenerlas, no antes de saber que eran lo bueno.