El último verano que fuimos 79
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Mara

Cuando me besa en la frente, no es solo un beso. Es una caricia silenciosa que me atraviesa la piel y me llega hasta lo más hondo, un gesto que me dice que me deja ir, aunque le duela.

Quiero quedarme en ese instante, congelarlo, respirar siempre su olor mezclado con el calor de su abrazo. Pero él me suelta y sé que es porque me quiere de verdad.

Ese es el problema.

No lo sigo cuando se aparta. No lo miro cuando se aleja. Sé que, si lo hago, veré en sus ojos la súplica que él mismo se está prohibiendo. Y yo no tendría fuerzas para decir que no.

La puerta se cierra y el silencio me golpea con la fuerza de una despedida definitiva. Me abrazo a mí misma, intentando guardar el calor que él me ha dejado, como si así pudiera engañar a mi cuerpo para que crea que aún sigue aquí.

Pero no sigue.

Y el hueco que deja es tan grande que no sé si podré llenarlo.

Cierro la maleta antes de que la culpa pueda convencerme de abrirla. Cojo el móvil y les escribo un mensaje rápido a las chicas:

"Me ha surgido algo urgente en el trabajo. Los días sabáticos se han acabado antes de tiempo. Siento no poder despedirme. Volveré a final de verano para firmar todos los papeles de la herencia. Aún faltan unos certificados que mi madre tiene que firmar. Os veo entonces. Un besito.”