El último verano que fuimos 78
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Elio

Llamo una vez. Silencio. La madera amortigua el golpe, pero yo lo siento en los nudillos.

Vuelvo a llamar, más fuerte. Sé que está ahí dentro. Sé que lo que ha pasado ha despertado sentimientos que creía olvidados.

Cuando por fin abre, sus ojos están enrojecidos, la máscara de pestañas corrida en surcos negros por las mejillas. No me dice nada, y yo no necesito que lo haga.

Entro sin esperar invitación. Cierro la puerta con un clic seco, dejando el ruido del mundo fuera.

—Ven aquí —mi voz es más un ruego que una orden.

La envuelvo con los brazos y ella se derrumba contra mí, temblando.

El llanto le sacude el cuerpo, caliente y roto, y me recuerda a otras noches de adolescencia donde lo único que podía hacer era sostenerla, pero esta vez será diferente.

Esta vez será la última vez que Hugo la hiera, a ella o a cualquiera.

—Lo siento mucho —le susurro contra el pelo.

—¿Cómo lo has sabido? —pregunta entre sollozos.

—Porque lo he oído.

—No tendría que haber sido tan cruel con él. Seguro que él habría reaccionado…

No la dejo acabar. Un beso breve, urgente, le corta la frase.

—No voy a permitir que te culpes por lo que ese energúmeno te ha dicho —murmuro sin separarme de ella—. Se lo tiene merecido. Cada palabra.

La abrazo más fuerte, tanto que quisiera fundirla contra mí, que sus grietas desaparecieran bajo mi piel, que nadie volviera a romperla. Es entonces cuando, por encima de su hombro, veo la cama donde hay una maleta cerrada.

El dolor me golpea el pecho como un puño invisible, tan intenso que me deja sin aire.

Sabía que esto iba a ocurrir, pero en mi cabeza todavía quedaban dos semanas para disfrutarla, para encontrar excusas que la retuvieran, para convencerla, aunque en el fondo siempre haya sabido que eso era imposible.

No digo nada. Solo la miro, y en ese silencio me quedo con todos los detalles que voy a echar de menos: la forma en que se muerde el labio sin darse cuenta, la humedad brillante en sus pestañas, el calor de su cuerpo todavía pegado al mío.

Alzo la mano y le aparto con suavidad un mechón húmedo de la cara. Rozo la línea salada de una lágrima. Ella no me aparta.

Me inclino y la beso. No es un beso para detenerla ni para hacerle cambiar de idea; es un beso para decirle que la entiendo, que la quiero igual, que nada de lo que Hugo haya dicho puede borrar lo que es para mí.

Sabe a sal y a despedida. La siento temblar, no sé si por el llanto o por el miedo, pero la sostengo como si pudiera guardarla entera entre mis brazos.

Entrelazo los dedos en la nuca, y el beso se vuelve más lento, más profundo. Cuando nos separamos, apoyo mi frente contra la suya y cierro los ojos.

—No tienes que darme explicaciones —murmuro—. Solo prométeme que vas a intentar ser feliz.

Ella asiente, y en ese gesto hay algo que me rompe y me recompone al mismo tiempo.

Sé que, cuando cruce esa puerta, empezará la cuenta atrás hasta no verla más y, aun así, la suelto.

Le dejo un beso en la frente y me marcho sin mirar atrás.

Porque, si me doy la vuelta, le diré cualquier cosa para retenerla y sería lo más egoísta que he hecho jamás.