El último verano que fuimos 77
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Mara

Estoy haciendo la maleta con las manos temblorosas y las lágrimas empañándome la vista. Cada prenda que doblo pesa como una piedra. Me voy. Volver ha sido un error o tal vez una prueba que no estaba preparada para pasar.

Puedo decir que casi he cumplido la última voluntad de mi abuela: cerrar cuentas con el pasado. Y en parte es verdad, pero no puedo quedarme aquí. Este lugar está lleno de fantasmas que no descansan, de recuerdos que, aunque no me destruyan como antes, siguen arañando lo que he intentado sanar.

Mi psicóloga siempre me decía que la recuperación nunca es una línea recta; que habría pasos atrás, días en que todo se sienta igual que al principio. Cuando pegas los trozos de algo roto, se reconstruye, pero es más frágil que antes.

Prefiero la capital porque allí no soy nadie. Soy invisible, para lo bueno y para lo malo. Allí puedo ser solo yo, sin que mi historia me persiga.

Doblo la cremallera de la maleta y me quedo mirándola un segundo. En cuanto cruce esa línea, nada podrá arrastrarme de vuelta.

Respiro hondo. Me repito que es lo correcto. Me lo creo hasta que oigo un golpe seco en la puerta y sé que será él porque nunca le he conseguido engañar. Siempre me conoció mejor que nadie, incluso mejor que yo misma.