El último verano que fuimos 76
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Elio

Han pasado ya varios minutos desde que Mara se levantó para ir al baño, y la idea me ronda desde entonces: quizá si voy yo también, nos crucemos.

Quizá pueda robarle un beso rápido, a escondidas, como llevo queriendo hacer desde que la he visto.

No quiero forzar nada ni exponerla delante de las chicas.

Sé que prefiere mantener lo nuestro en secreto por ahora, y en parte lo agradezco: así todo sigue siendo solo nuestro, sin opiniones ajenas.

Me excuso diciendo que voy a por otra cerveza, pero mis pasos me llevan directos al pasillo del baño. Estoy a punto de empujar la puerta cuando una voz masculina me detiene.

—Mara, ¿en serio no quieres repetir lo que hacíamos en aquel entonces?

La respuesta de ella es tan firme que me recorre un escalofrío.

—Mira, Hugo, ni loca traicionaría a la Mara de diecisiete años. Vete a follarte a tu mujer.

Algo me golpea en el pecho. Creo que es orgullo porque ha cerrado un círculo, porque ahora puede mirarse al espejo sin que el pasado pese como una cadena, porque, si pudiera hablar con la Mara de diecisiete años, esta le daría las gracias.

—¿En serio me rechazas?

—Sí, y no sabes lo mucho que deseaba hacerlo.

Él intenta contraatacar con veneno.

—No sé quién te crees que eres. Sigues siendo la misma que me la chupaba en el baño cuando a mí me daba la gana.

La puerta se abre y veo su espalda alejarse hacia la multitud del bar. Mi instinto se enciende. Esta vez no pienso quedarme quieto. He pasado demasiados años consolándola después de cada golpe suyo, en vez de ir directo a la raíz del problema.

Lo sigo hasta la barra. Cuando siente que alguien le pisa los talones, se gira.

—Hostia, Elio… eres tú.

No le doy tiempo a decir más. Lo agarro por la pechera, tan cerca que nuestras frentes se tocan. Veo cómo el color se le esfuma de la cara y abre los ojos muchísimo.

—Te dije que no sería violento a menos que no dejaras a Mara en paz.

Mi voz es baja, grave, controlada, pero arde.

—He escuchado lo que le has dicho en el baño. ¿No te bastó con todo lo que hiciste en la adolescencia que ahora tienes que seguir siendo el mismo capullo?

Jonás, desde detrás de la barra, se acerca rápido.

—Tranqui, Elio —me coge del brazo—. Os voy a separar, ¿de acuerdo?

Asiento. Me separan y le suelto la camisa. Pero antes de girarme, le escupo las palabras que llevo guardadas desde hace años.

—Te pienso arruinar la vida por todo lo que no hice en el pasado.

Vuelvo con las chicas intentando aparentar que nada ha pasado, pero todavía siento la sangre latiendo con fuerza en las sienes. La música vibra tan alto que apenas distingo las voces.

—¿Y Mara? ¿No ha vuelto del baño?

—Sí —responde Vega, agitando una mano quitándole importancia—. Pero decía que se iba a casa, que le había sentado mal la cena.

Un peso frío me cae en el estómago.

—Una mierda —murmuro, casi para mí.

Vega me mira con esos ojos que no se tragan cualquier historia. Se inclina para hablarme en voz muy baja, y entre el estruendo de la música sus palabras me llegan como un golpe seco.

—No sé qué os traéis entre manos los dos —su voz es afilada—, pero conozco a mi prima y te conozco a ti. Como la hayas vuelto a cagar, te corto los huevos.

Se aparta y me sonríe, pero hay filo en esa sonrisa. Me inclino para poder susurrarle de vuelta.

—No he sido yo —susurro, conteniendo el peso que me hierve dentro—. Ha sido Hugo… pero yo me encargo.

Vega asiente despacio sin apartar los ojos. Ese gesto lo dice todo: confía, pero vigila.

Me despido del grupo con un movimiento breve y me abro paso de nuevo entre la multitud. La música me traga, pero debajo del estruendo solo escucho un eco: encontrar a Mara antes de que se aleje demasiado.