El último verano que fuimos 75
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Mara

Lo veo entrar y el aire se me queda atascado en la garganta. El ruido del bar se apaga, como si alguien hubiera bajado el volumen del mundo entero. El nudo en el estómago se tensa y uno distinto, más cálido y traicionero, se enciende un poco más abajo.

No esperaba que viniera así. El traje negro le cae perfecto.

Hace contraste con su pelo ligeramente desordenado porque sé que se ha pasado la mano por él mil veces.

La camisa blanca, ceñida en el pecho y los hombros, deja entrever la fuerza bajo la tela, y no puedo evitar imaginar cómo se siente rozar esa tela con los dedos antes de desabotonarla.

Nunca me había fijado tanto en su traje. Lo había visto así en su despacho al principio del verano, pero entonces solo pensaba en los papeles, la herencia y la incomodidad de aquel reencuentro. Ahora es distinto. Ahora lo veo llegar hacia nuestra mesa con paso seguro.

Sonríe al saludar al grupo, pero sus ojos se quedan en mí un segundo más de lo necesario. Ese segundo me atraviesa como un disparo silencioso. Me obliga a tragar saliva, a apartar la mirada antes de que descubra que el pulso me late en la garganta y en las muñecas.

Se sienta justo enfrente y pide una cerveza con naturalidad. Mientras, yo sigo concentrada en no mirarle a la cara, aferrándome a la primera distracción que se me ocurre.

—Vega, ¿qué tal el curro?

—Pues la verdad es que agotada. Ahora en verano estamos preparando la edición de todos los libros que van a salir a finales de año y no doy abasto. ¿Tú cómo llevas estos días sabáticos?

—Bien, estoy leyendo muchísimo. Me estoy poniendo al día con todos los pendientes.

—Ojalá yo pudiera tomarme un descanso —replica Estela, que tiene un negocio de estética en el pueblo—. Pero día que cierro, día que no gano dinero. Estoy harta de esto y, al mismo tiempo, me encanta.

—Tía, pero tienes que descansar en algún momento —le dice Sara.

—Ah, claro. Qué fácil es hablar siendo guardia civil de tráfico —responde Estela con una media sonrisa cargada de sarcasmo.

—Oye, oye, ya sabes que siento mucho que tú no pudieras serlo —dice Sara, bajando un poco el tono.

Me quedo observándolas, con la sensación de que me estoy perdiendo un capítulo entero de la historia. Vega, que me ve perdida, decide ponerme al día:

—Estela tuvo una lesión muy fuerte y no pudo seguir preparándose las pruebas físicas, y Sara sí que pudo hacerlo y las pasó.

—Cuanto lo siento —susurro, inclinándome para acariciarle la mano por encima de la mesa.

—No pasa nada —dice Estela con los ojos vidriosos—. Es parte del pasado.

Cambiamos de tema, brindamos, seguimos charlando y riendo.

Las conversaciones giran hacia lo que parece ser el tema favorito de la vida adulta: quejarse de todo, de las facturas, de los alquileres, de las hipotecas, del trabajo.

Eso no me impide notar la forma en que, cada vez que alzo la vista para hablar, Elio ya me está mirando.