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Mara
El fin de semana pasado no puse un pie en la calle porque estaba demasiado ocupada enredada en las sábanas de Elio. Desde que me despedí de él el domingo, habíamos encontrado la forma de vernos cada noche, siempre con la excusa de cenar y con la certeza de que acabaríamos en su cama o en la mía.
Era fácil y natural. Él me contaba cómo le había ido el día en el despacho, con ese tono medio irónico que usaba cuando se quejaba de algún cliente imposible. Yo le hablaba de las páginas que había avanzado en el libro que estuviera leyendo. Luego, nos acostábamos hasta quedarnos dormidos.
Él se levantaba antes que yo diciendo que quería salir a correr antes de trabajar. Yo me quedaba acurrucada en la cama, escuchando el clic de la puerta al cerrarse tras él.
El lunes me encontré una flor en la ventana y pensé que sería casualidad. El martes había un dulce casero de la panadería, un hojaldre relleno chocolate, así que le envié un mensaje.
MARA: Oye, hay una persona muy olvidadiza que ayer dejó una flor en el poyo de mi ventana y hoy un hojaldre de los que hace Jesús
ELIO: Ah, si? En este pueblo, hay gente con la cabeza muy despistada
El miércoles fue distinto porque, en el poyo, había un libro.
No era uno cualquiera, sino la continuación de la saga que estaba leyendo, justo el que le había contado que no pude comprar antes de venir.
Aquello me hizo sonreír porque siempre había sido muy atento, en el pasado y ahora.
Al abrirlo, encontré una nota pegada en la primera página: “A ti te gustan los libros y a mí me gustas tú.”
Sentí ese cosquilleo traicionero en el estómago que la gente llama mariposas, aunque en realidad es ansiedad.
No sabía qué estábamos haciendo. Elio siempre había sido así, incluso de jóvenes: capaz de sorprenderme sin previo aviso, de colarse bajo mi piel con gestos tan sencillos que desarmaban cualquier defensa.
El jueves, el pan que siempre encargo estaba esperándome con una nueva nota: “Hoy subirán mucho las temperaturas. No salgas de casa a no ser que sea muy necesario”. El viernes, solo había un papel doblado en dos: “¿Nos vemos este finde?”.
Quería decirle que sí. Quería que nos perdiéramos en sus sábanas otra vez, que me mirara como si no existiera nadie más en el mundo, pero las chicas me habían escrito diciendo que me echaban de menos, insinuando que me estaba aislando.
Y, si algo he aprendido, es que una ausencia prolongada despierta sospechas.
MARA: Sintiéndolo mucho, voy a tener que declinar la oferta.
ELIO: Por? ☹
MARA: He quedado con las chicas.
ELIO: Ah, genial! Me habían dicho que habíamos quedado, pero no sabía si te habían avisado. ¿Les digo que sí? ¿O prefieres que no vaya?
MARA: Sí, sí, ven. Pero para ellas, tú y yo no tenemos nada.
ELIO: ¿Tú y yo? No sé de qué me hablas...
Me quedé mirando su último mensaje, con esa media sonrisa que no quería admitir que tenía. Él podía disfrazarlo todo de broma, pero yo sabía que había algo que nos estaba arrastrando a los dos, sin pedirnos permiso.