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Mara
Me despierto pegada al cuerpo de Elio. La luz suave de la mañana se cuela por la ventana, dibujando sombras delicadas sobre su piel.
Respira de manera lenta y acompasada, y me invade una calidez que parece abrazarme desde dentro.
Descanso sobre su pecho, y puedo escuchar el latido tranquilo del corazón, como un tambor que marca el ritmo de este instante suspendido en el tiempo.
Estamos desnudos, vulnerables, sin barreras ni máscaras.
Tengo un hambre que me aprieta en el estómago tras una noche tan intensa.
La pizza que no probamos anoche estará todavía esperándonos, y la idea de devorarla fría me llena de una felicidad simple y auténtica.
Me estiro despacio, buscando espantar el entumecimiento, y Elio se revuelve con los ojos entrecerrados aún adormilados.
—Buenos días —susurra con la voz aún rasposa por el sueño—. ¿Has descansado?
Asiento, sonriendo con el corazón encogido. Verlo así, tan relajado, después de tanto tiempo separados, de tantos años viviendo vidas distintas, me hace sentir que por fin algo ha encajado.
—Sí, pero tengo un hambre que devoraría lo que sea —le confieso.
—¿En serio? —responde, con esa chispa pícara que me encanta.
—Algo que me llene y me sacie —suplico, sin poder evitar la sonrisa.
Se levanta sin prisas, desnudo aún. Vuelve con una bandeja con patas, donde reposan dos vasos de agua fría y unos trozos de pizza. En cuanto la pone sobre la cama, me abalanzo sobre ella y casi devoro el primer trozo. Está fría y seguramente anoche hubiera estado más rica, pero me sabe a gloria.
—Creo que te he visto de mil maneras —dice sonriendo—, pero verte comer una pizza desnuda es una imagen que guardaré para siempre.
—¿Por qué? —le pregunto, divertida.
—Porque pienso en la Mara que se escondía bajo camisolas grandes y que prefería salir más tarde para cenar ensalada en casa —Me mira con una mezcla de admiración y ternura—. Seguro que la Mara de 15 años está orgullosa de en lo que te has convertido y de lo que has sanado.
La calidez de sus palabras me envuelve, y una tímida emoción se cuela en mi pecho. Hace tiempo que no siento vergüenza de mi cuerpo ni de comer ni de ser quien soy.
—Ha pasado mucho tiempo de aquello —susurro, sonrojada, dejando que el silencio hable por mí.
—Y tanto —me responde, pausado—. Pero ¿ya estás bien?
—Eso creo. Mi psicóloga dice que la recuperación nunca es lineal, pero estoy bastante estable últimamente. Además, el negocio me absorbe casi todo el tiempo. Tener una rutina y poco tiempo libre ayuda mucho.
—Cierto, el negocio. Cuéntame más sobre los gimnasios.
—Son lugares increíbles. Hay gente de todas las tallas, feliz, disfrutando de su cuerpo, sin miedo ni juicio. Cada vez que entro en uno, siento algo en el pecho que podría desbordarse.
Lo veo embobado, atento a cada palabra.
—Sigue, por favor.
—Ahora quiero hacer una campaña sobre las estrías.
—Mis manos se aprietan un poco, porque es un tema delicado—.
Siento que todavía avergüenzan, que la gente las esconde.
.. y yo quiero cambiar eso. Lo dejé aparcado desde que murió mi abuela, pero no dejo de darle vueltas a cómo enfocarlo cuando vuelva.
Él se acerca, despacio, y su mano se posa con una suavidad reverente sobre las estrías de mi barriga.
—¿Podrías decir que son olas del mar? —dice con media sonrisa.
Enarco una ceja, divertida y algo escéptica.
—¿En serio? —pregunto.
Se ríe, despejando la tensión.
—No, no era en serio. Solo quería picarte.
—Me da un beso leve en la tripa—. Podrías decir que son marcas de guerra.
Marcas de todo lo que has vivido, y que, en lugar de avergonzarte, deberían llenarte de orgullo.
Tu cuerpo lleva esas historias escritas en la piel, y tú sigues aquí, fuerte y valiente.
Mis ojos se abren de par en par, y un nudo se deshace dentro de mí. Es justo lo que necesitaba. Ese podría ser el mensaje mi campaña.
—No sé… —empieza a decir me roza la piel—. Eso es justo lo que pienso cuando veo las tuyas.
Elio me mira con una mezcla de ternura y deseo. Me recorre las estrías con una delicadeza que me derrite; siento que, aunque muchas otras manos me han tocado, ninguna ha sido como las suyas.
Deja un beso en cada línea, pequeños besos silenciosos, borrando toda vergüenza pasada. Desciende con una ternura que me enciende, hasta que se detiene entre mis piernas, y en ese instante el tiempo se disuelve, quedando solo el susurro de nuestros cuerpos.