El último verano que fuimos 72
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Mara

Siento cómo me acaricia la piel y es un calor que deshace todas las barreras que había construido para protegerme.

Es un temblor dulce, casi eléctrico, que me recorre la espalda y me hace respirar más rápido.

No quiero pensar en nada más que en este instante, en el roce de sus labios, en la seguridad de que él está aquí, conmigo.

Me dejo llevar, aunque una parte de mí sigue en alerta, preguntándose si esto es un error, si no debería permitirme caer tan rápido. Sin embargo, cuando baja con cuidado por mi cintura y su cuerpo se acopla al mío, todas esas dudas se disipan por un momento.

Me quito el vestido con lentitud, dejando que cada movimiento sea consciente. Él me mira con esa mezcla de ternura y urgencia, y eso me hace sentir vista, realmente vista, por primera vez en mucho tiempo.

Nos tumbamos juntos, y el frío de las sábanas contrasta con el calor de la piel. Me explora con respeto, sin prisa, sin juicios. Me habla con el tacto, me dice que está aquí, que no me va a dejar caer, aunque solo sea por esta noche.

Me deja un reguero de besos suaves en el cuello, y un escalofrío me recorre el cuerpo. Susurra cerca de mi oído:

—Nunca he dejado de pensar en ti, Mara.

Cierro los ojos y dejo que su voz me derrita la piel. Se me enredan los dedos en su camiseta, tirando suavemente, invitándolo a acercarse más.

—Yo tampoco—confieso con la voz rota.

Su aliento se vuelve más cálido, y siento cómo baja lento, besándome cada rincón de la piel, dibujando un mapa solo para él. Su tacto despierta un fuego dentro de mí que creía dormido.

—Déjame mostrarte cuánto —murmura mientras se desliza, bajando con delicadeza, pero con una intensidad que me hace estremecer.

Me dejo llevar, el placer se mezcla con la ternura en cada roce. Él me observa con una mezcla de deseo y cuidado.

—Me vuelves loco —dice con apenas un hilo de voz.

El calor me invade por completo, las palabras me envuelven, y por un instante no existe nada más que esta certeza honda de sentirme deseada y a salvo.

—Quédate aquí conmigo esta noche —susurra reptando por mi tripa.

Respondo con un beso profundo. En ese instante, no hay dudas ni miedos. Somos solo Mara y Elio, dos cuerpos que se encuentran y se reconocen, compartiendo un silencio cargado de todo lo que nunca se dijeron pero que se entiende sin palabras.