El último verano que fuimos 71
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Elio

Ella cierra los ojos y por un instante temo que me aparte, que levante ese muro invisible que me ha tenido a raya desde que volvió al pueblo. Sin embargo, cuando los abre, su mirada no es de rechazo. Es una rendija abierta por la que puedo ver todo lo que intenta ocultar.

Me inclino despacio, dándole espacio para alejarse si quiere. No lo hace. Respira más rápido y noto cómo le tiemblan las manos sobre la mesa.

—No te estoy pidiendo que puedas —repito, esta vez más cerca—. Solo que quieras.

Se queda quieta, observándome, y yo también la estudio, grabando cada detalle: la curva suave de su cuello, el brillo húmedo en sus labios, la forma en que sus hombros parecen tensos y vulnerables a la vez.

Le rozo la rodilla con la mía de nuevo y ella no se mueve. Eso basta. Me acerco más a ella y su perfume me golpea de lleno.

Le tomo la cara con una mano, con cuidado, y ella se inclina apenas hacia mí, como una rama que cede bajo el peso de la tormenta.

—Elio… —susurra, y me basta para perder la poca contención que me quedaba.

La beso. Al principio es lento, casi torpe por la tensión acumulada, pero pronto la siento aferrarse a mi camiseta, acercándome más.

Su respiración se mezcla con la mía, y ese calor, ese sabor, es exactamente como lo recordaba, solo que ahora hay años de distancia y heridas entre nosotros, y eso lo hace más urgente.

Le bajo las manos por la espalda, sintiendo cada curva, cada recuerdo grabado en el cuerpo. Ella tiembla, pero no se aparta; al contrario, se pega más, como si por fin se permitiera dejar de luchar contra lo inevitable.

No pienso en el mañana. No pienso en que se irá. Solo en que, esta vez, no voy a dejar que el momento se me escape.