El último verano que fuimos 70
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Mara

Elijo el CD de Fácil de Maldita Nerea. Paso la yema del dedo por la carátula y lo pongo en el reproductor. Y, como siempre, salto la primera canción. Nunca me gustó; no es mala, pero no me encajaba. En ese momento, Elio entra por la puerta con un bol enorme de ensalada.

—Te acabo de ver saltando la primera canción. ¡No me puedo creer que sigas haciendo lo mismo! —dice con una mezcla de indignación y diversión

—Es que hoy en día ya hay aplicaciones y puedo hacerme listas de reproducción solo con las canciones que me gustan, ¿sabes de lo que te hablo? —le provoco, subiendo una ceja.

Me saca el dedo corazón sin dejar de sonreír, esa sonrisa que siempre le sube más de un lado que del otro.

Suena la segunda pista: ¿No podíamos ser agua?

La voz suave y melancólica inunda la habitación.

La melodía me golpea en algún lugar blando que llevaba tiempo escondido.

Me recuerda a cuando la vida era más fácil, cuando lo más grave que podía pasarme era suspender un examen o que mi madre no me dejara salir.

Me recuerda a él. A ese verano en el que me grabó un CD que tituló Varios de Mara , con su letra desordenada en rotulador negro y que he encontrado al hacer la limpieza este verano.

Nos sentamos en la mesa pequeña del salón, con la ensalada y las aceitunas acompañadas de vermú con hielo. El primer sorbo es fresco, casi dulce; me baja por la garganta como si me despejara el pecho.

Hablamos del pueblo y de lo mucho que ha cambiado y de lo mucho que se ha quedado igual.

Nos ponemos creativos, proponiendo soluciones imposibles para evitar que la gente siga yéndose: abrir un restaurante de comida rápida en la plaza, poner Wi-Fi gratis en todo el pueblo, montar un festival de verano con grupos de música indie.

Entre broma y broma, a veces creo que a los dos nos gustaría que esas ideas no fueran tan imposibles.

El CD sigue girando en el reproductor hasta que llega Verso acabado. Punto. El ritmo baja, y algo en el aire cambia. Veo cómo Elio se tensa: el tenedor que llevaba a la boca se queda a medio camino antes de caer de nuevo en el bol. Baja la mirada y se concentra en su plato.

Yo también callo. Me acomodo y finjo interés por una aceituna que no quiero comer. El silencio se instala entre nosotros, denso, incómodo y, por raro que parezca, familiar. Le oigo inspirar más fuerte de lo normal.

Y me faltaron besos, lo asumo y sigo preso, y algo más que decir, no puedo seguir si me faltas… Última línea juntos, no hay ya más que decir, se queda conmigo esta nada.

No me atrevo a mirarle, aunque sé que él también está escuchando la canción con la misma intensidad que yo, como si aquellos versos hubieran sido escritos para nosotros, para esta herida abierta que aún no cicatriza.

—Oye, ¿todo bien? —le pregunto al terminar la canción, notando que su cuerpo parece soltarse un poco.

—Sí, tranquila —me dice, acariciando mi mano con suavidad—. Es que esta canción siempre me ha parecido demasiado triste.

Quisiera saber lo que realmente le pasa por la cabeza, pero me quedo en silencio. Sé que no me dice la verdad, que esta canción nos está gritando lo que ambos sentimos desde aquel verano, que duele porque es demasiado real.

—Llevas razón —respondo, con un nudo en la garganta que no sé cómo disimular.

—Va cambiemos de tema. No quiero arruinar la noche.

—No te preocupes —susurro—. Solo somos dos viejos amigos poniéndonos nostálgicos.

—No digas eso —me dice con voz firme—. Yo no quería ser solo tu amigo. Esa palabra escocía como echar sal en una herida abierta.

El peso de sus palabras me golpea con fuerza. Se me acelera el corazón y siento que me falta el aire. Es una declaración, una confesión que me tambalea por dentro.

—Lo siento —le digo, bajando la mirada hacia el plato, incapaz de sostener su intensidad—. Es que es mejor no complicarlo todo más.

Dejo que el silencio me envuelva, como un escudo contra el torbellino de emociones que me invade.

—Mírame —me ordena suavemente—, y dime si lo que sentimos aquel verano sigue aquí o si es que yo me estoy volviendo loco.

El calor sube a mis mejillas, y me siento frágil, perdida entre lo que fue y lo que aún podría ser.

—No podemos complicar más las cosas —respondo con un hilo de voz—. Sabes por qué estoy aquí y, cuando termine este verano, tendré que volver a mi vida lejos de todo esto.

Él se acerca un poco más, con la mirada fija en mí, llena de una mezcla de esperanza y miedo.

—No te hablo del futuro —me dice con una sonrisa triste—, te hablo de disfrutar lo que nos queda de verano.

Sus ojos me atrapan, oscuros, intensos, como si en cualquier momento fueran a atravesar todas las capas con las que me he blindado estos años.

Quiero decirle que sí, que todavía está aquí, latiendo como entonces, pero me asusta ponerlo en voz alta porque sería como encender una mecha que no sé si podré apagar.

El silencio entre nosotros pesa, pero no incomoda; es un silencio que arde.

Afuera, el aire de la noche se cuela por la ventana entreabierta, trayendo un olor a tierra húmeda que me recuerda a tantos veranos pasados.

En la mesa, las velas parpadean y el reflejo cálido dibuja sombras suaves en su rostro.

Me fijo en sus labios, en cómo se tensan, en la respiración pausada que intenta controlar.

—Mara… —susurra, y mi nombre en su voz suena como una súplica y una promesa al mismo tiempo.

Trago saliva. Mis dedos juegan con el borde del plato vacío, buscando algo a lo que aferrarse que no sea él.

—No sé si puedo… —susurro.

Él se inclina apenas hacia delante, lo suficiente para que su rodilla roce la mía. Ese contacto mínimo es un latido, un golpe sordo que me recorre entera.

—No te estoy pidiendo que puedas —dice en voz baja—. Solo que quieras.

Cierro los ojos un instante. Se me acelera la respiración, y siento esa mezcla de vértigo y deseo que me hizo perder la cabeza hace tantos años. Cuando los abro, él sigue ahí, esperándome, sin prisa, como si supiera que la respuesta ya está escrita en mi forma de mirarle.