69
Elio
Mara está a punto de venir y no puedo estar más nervioso.
Me miro al espejo de la entrada por enésima vez.
La camisa hawaiana nueva, rosa fucsia con palmeras verde neón, me parece una decisión dudosa ahora mismo, pero ya no hay vuelta atrás.
Me sudan las manos. Cuando la invité a cenar al acompañarla a casa ayer después de tomar algo en la piscina con las chicas, no pensé que me pondría así.
Quería volver a estar a solas con ella, pero no había pensado en lo que eso implicaría.
Llevo toda la tarde con el corazón queriendo escaparse por la boca. Un nudo en el estómago me recuerda que, aunque no sé exactamente dónde estamos ni qué estamos haciendo, sí sé una cosa: quiero seguir adelante con esto.
La cocina no es mi punto fuerte, así que he optado por algo sencillo pero seguro: ensalada césar y una pizza casera.
Si no me falla la memoria, a Mara le encantaba la pizza con atún y bacon.
Yo siempre le decía que era una herejía ponerle bacon a una pizza di tonno , pero ella, con esa media sonrisa que nunca dejaba lugar a réplica, respondía que estábamos en España y que aquí la pizza se comía a su manera.
El aroma empieza a llenar la casa, cálido, familiar, como un abrazo que se extiende desde el horno hasta el pasillo.
Justo entonces, llaman a la puerta. Tiene que ser ella.
Me quedo quieto unos segundos porque abrir al instante parecería que estaba apostado detrás de la puerta, acechando como un psicópata.
Respiro hondo, ajusto la camisa y abro.
—Hola —digo, con una risa nerviosa que me delata.
Y ahí está Mara. El aire se me queda atrapado en la garganta.
Lleva un vestido negro de satén, largo, con un escote discreto.
El lápiz de ojos negro le define la mirada y los labios rojos, brillantes, me hacen recordar el momento exacto en que los tuve contra los míos el otro día cuando sentí el calor de su cuerpo sobre el mío y su respiración acelerada en mi oído.
El pelo, suelto y ligeramente ondulado, me roza la mejilla cuando se inclina para darme dos besos, y el aroma de su perfume me envuelve.
—He traído una botella de vermú —dice, levantándola con una sonrisa ladeada.
—Sí que hemos envejecido —bromeo—. ¿Dónde quedó el calimocho?
—¡Tampoco somos tan viejos! —exclama riéndose, y ese sonido me golpea con una ternura casi dolorosa—. Y tú y yo nunca hemos bebido calimocho.
—Pasa, anda —digo, apartándome para dejarla entrar—. La pizza tiene que estar a punto —Señalo el sofá con un gesto suave. En la mesa baja he colocado un pequeño aperitivo: un cuenco de aceitunas verdes y dos copas vacías.
Ella avanza hacia el sofá, pero se detiene en seco.
Sus ojos se fijan en el mueble que hay junto a la tele, un soporte para CD que fue el orgullo de cualquier salón hace quince años, y que yo conservo como si fuera una pieza de museo.
No es por pereza ni por falta de espacio: es porque no sé vivir sin mis discos.
Algunos coleccionan vinilos para sentirse únicos; yo me quedé anclado en los CD.
La última vez que ella estuvo aquí, me aseguré de esconderlos en un armario, consciente de que removerían recuerdos demasiado intensos.
Aquella vez lo único que me importaba era que no se muriera de calor.
Hoy, en cambio, los he dejado ahí, o tal vez no me he atrevido a admitir que quería que los viera.
—Esto no estaba aquí la última vez —dice, acercándose con paso lento. La curiosidad aparece como una chispa en su mirada. Roza el lomo de los discos, recorriendo uno por uno.
—Emmm… —intento restarle importancia—. Ya.
—¿En serio tienes este? —suelta, y su tono mezcla sorpresa y una especie de ternura que me desarma—. Buah, hacía muchísimo que no lo veía. El mío lo perdí… o lo tiré.
Lo saca de la estantería y lo sostiene entre sus manos.
Reconozco la carátula al instante: Maldita Nerea, Es un secreto…
No se lo digas a nadie . Una punzada me atraviesa el pecho.
Ese disco siempre fue suyo, aunque lo compré yo.
Era su risa jugando al Mario, sus bailes improvisados en mi habitación, sus labios tarareando las canciones tumbados en la toalla de la piscina.
Los días que la echaba de menos, lo ponía en bucle mientras limpiaba o montaba legos.
Desde que volvió, no lo he reproducido. No necesito recordar nada, porque está aquí. Aunque a veces, todavía me cuesta creer que sea real.
—Sí, tengo muchos… por puro coleccionismo —miento, porque la verdad pesa demasiado.
Ella levanta la vista. Me mira como si no solo me viera a mí, sino también al chico que fui hace quince años. En esa mirada, hay algo más, una emoción densa que no consigo leer del todo.
Desvía la atención, quizá para protegerse, y vuelve a la torre de discos. Esta vez coge uno de Imagine Dragons.
—¿Te acuerdas cuando solo escuchabas su primer CD? Te encantaba Demons .
Sonrío porque ella también guarda piezas de nosotros, escondidas en algún rincón de su memoria.
—¿Puedo poner uno? —pregunta, y su voz suena casi traviesa.
Y yo no sé si puedo quedarme a ver qué va a elegir.
—Sí, claro —respondo, con un hilo de voz—. Voy a la cocina a ver cómo va la pizza.