68
Elio
Cuando estamos a punto de quedarnos dormidos sobre la colcha, alguien llama a la puerta. El corazón me empieza a bombear más rápido. Mara me mira con los ojos muy abiertos, como si de pronto los dos hubiéramos recordado que no estamos en una burbuja: estamos en mi habitación, en casa de mis padres.
—¿Sí? —respondo en un susurro muerto de vergüenza. Nunca antes había traído a ninguna chica a esta casa, ni en mi adolescencia ni después.
—Soy yo —Menos mal que es mi madre y no la abuela, porque habría soltado un comentario de esos que nos dejaría rojos de por vida—. Si os vais a quedar a dormir, coged las sábanas limpias de la cómoda del pasillo.
Mara se lleva una mano a la cara, negando con la cabeza.
—No te preocupes —respondo rápido—. Creo que nos iremos ahora en un rato.
—Como queráis. Nosotros nos vamos ya a dormir, que estamos molidos.
Escuchamos sus pasos alejarse, y solo cuando estoy seguro de que ya no está cerca, me giro hacia Mara y susurro:
—Vaya liada.
—Sí… no sé qué se nos ha pasado por la cabeza —dice mientras se levanta, con las mejillas encendidas, buscando su ropa por el suelo de mi habitación.
—No, no —le aclaro, señalándonos—. No hablo de esto . No se te ocurra pensar que me arrepiento de esto. Hablo de que me encantaría quedarme dormido contigo aquí.
—Anda, no compliquemos más las cosas —responde, poniéndose la ropa interior y el vestido.
Levanta la mirada, y esos ojos… esos ojos que siempre me han dejado sin aire, ahora me miran con algo más suave.
Asiento, aunque en realidad lo único que quiero hacer es sujetarla para que no se vaya. Pero sé que, si la presiono ahora, la pierdo y no pienso volver a cometer ese error.