El último verano que fuimos 67
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Mara

Nos abrazamos durante mucho tiempo. Elio tiembla y yo también. No sé cuánto rato llevamos así, pero noto cómo, poco a poco, sus hombros se relajan.

Elio respira hondo, todavía húmedo de lágrimas, y apoya la frente en mi cuello. Su piel arde, pero yo no me aparto.

—Gracias —susurra.

No respondo. Le acaricio la nuca con la yema de los dedos y cierro los ojos. No necesitamos hablar más, no esta noche.

Nos miramos un segundo, que es tenso, callado, cálido. Sé lo que está a punto de pasar. Lo sé por cómo me observa, como si no estuviera seguro de tener derecho a mirarme así.

Y esta vez no siento miedo. Siento el tirón y decido no ignorarlo. Voy con todo.

Le rozo la mejilla con los dedos. Elio cierra los ojos y, cuando los abre, hay en ellos algo tan tierno y vulnerable que se me encoge el pecho. Es deseo, sí, pero también es respeto, es cuidado, es cariño acumulado desde hace años.

Lo beso.

Y él me responde pidiendo permiso en cada gesto. Yo se lo doy, todo el permiso, toda la piel, todo el cuerpo.

Nos desvestimos con torpeza y calma. El espacio es estrecho: la cama es la misma de cuando él era adolescente, una de esas de noventa, con el colchón algo hundido en el centro y el cabecero de madera clara.

Apenas cabemos. Cuando intentamos echarnos, uno de sus codos choca con la lámpara y acabamos riéndonos entre dientes.

—Esto va a ser un poco… incómodo —murmura.

Nos reímos los dos, bajito. Algo en ese momento absurdo nos relaja, nos conecta, nos recuerda que seguimos siendo nosotros, incluso entre la torpeza.

Me siento a ahorcajadas sobre él para tener más espacio. Me acaricia la espalda con una ternura que me desmonta. Me besa el hombro, la clavícula. Su aliento me eriza la piel.

—¿Estás segura? —me pregunta, en un susurro— Podríamos esperar a otro día en mi casa, en mi cama…

—Estoy segura —respondo, sin dudar.

Elio me mira con los ojos llenos de adoración. Me roza la cintura con las manos abiertas. Me besa el hombro y la clavícula muy despacio.

—Eres preciosa —murmura.

Y algo dentro de mí se rompe, pero no como aquella vez, no de dolor. Esta vez es otra cosa, como si soltara, por fin, todo lo que llevaba años sujetando. Un suspiro largo y tembloroso se convierte en su nombre cuando sus labios encuentran mi piel.

Desciende con los labios con una devoción que me hace arder. Traza un círculo húmedo alrededor del pezón, y el aire fresco sobre esa humedad me hace arquearme. No me siento juzgada ni insegura, solo vista, de una manera tan íntima que me siento al descubierto y a salvo al mismo tiempo.

Nuestras miradas se enganchan en la penumbra, y en sus ojos veo la misma pregunta urgente y la misma paciencia infinita. Con un movimiento, él se separa apenas unos centímetros. El sonido tenue del envoltorio al abrirse es un chasquido en nuestro silencio compartido.

La unión comienza entonces como un suspiro compartido.

Yo controlo el ángulo, la profundidad y la agonizante lentitud.

Me hundo sobre él centímetro a centímetro, permitiendo que mi cuerpo se adapte, que lo envuelva.

Un gemido, que no sé de quién es, rasga el silencio cuando al fin estoy completa, llena de él.

El ritmo se acelera por sí solo, impulsado por el roce interno, por el sonido húmedo de nuestra unión, por los jadeos que ya no podemos contener. Yo domino la cadencia, pero él me posee con la mirada, con las manos que me recorren, con los murmullos entrecortados de mi nombre.

La tensión se acumula en mi vientre, como una espiral dulce y urgente. Me inclino hacia atrás, buscando un ángulo más profundo, y es entonces cuando el mundo estalla.

Lo sello con mi cuerpo, presionándome contra él, y ese es el detonante para él. Siento cómo se rompe dentro de mí con un temblor profundo y un gemido ronco que es mi nombre mientras me clava los dedos en las caderas.

Después, el universo se reduce al peso de mi cuerpo sobre el suyo, al latido salvaje de nuestros corazones intentando calmarse.

Me derrumbo sobre su pecho, sin separarme de él, sintiendo aún los últimos espasmos compartidos.

Su respiración, entrecortada, me acaricia el pelo.

En la penumbra, traza círculos lentos en la piel sudada de mi espalda.

No hay ruido, solo el eco del placer en nuestros cuerpos y la certeza de que por fin hemos vuelto a casa.