El último verano que fuimos 66
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Mara

—No sé cómo debería sentirme después de todo lo que pasó.

—Ojalá pudiera borrar lo que dije… —se queda callado un instante, apretando los puños.

Levanta la mirada con los ojos vidriosos.

—Estaba asustado… —su voz se quiebra—. Solo quería que se dejaran de meter conmigo, y lo solté sin pensar.

Se lleva una mano a la cara, intentando contener las lágrimas que ya le mojan los dedos.

—No tengo excusa. Lo sé. —traga saliva con dificultad—. Y tampoco puedo retroceder en el tiempo.

Entonces se rompe del todo con la voz hecha pedazos:

—Y nunca voy a perdonarme por aquella noche.

Y yo solo puedo abrazarle, sujetarle como tantas veces él lo hizo conmigo porque entiendo perfectamente los motivos, pero la Mara de diecisiete años no podía hacerlo. Su mundo se había desmoronado en cuestión de segundos. Ella no veía más allá del rechazo, de la humillación, del dolor.

Sin embargo, la adulta que soy ahora sí ve.

Ve que todos, entonces, estábamos perdidos, que todos queríamos encajar, que todos hicimos cosas cuestionables por miedo a no ser suficientes.

Yo también hice cosas de las que no estaba orgullosa.

Yo también quise desaparecer, silenciarme, encogerme para gustar más.

Elio no fue el único. No hay villanos en nuestra historia, solo éramos dos adolescentes intentando encontrar nuestro lugar en el mundo.

Entonces lo miro y digo las palabras que sé que necesita oír, pero también las que yo necesito decirle.

—Yo sí te perdono.

Parpadea, desconcertado.

—Lo pasé mal. No te lo negaré porque lo peor fue lo que vino después…

Entré en un bucle horrible e incluso llegué a perder peso, pero no estaba bien porque mi problema estaba aquí —digo señalándome la sien—.

Mis madres me mandaron a terapia cuando intenté vomitar la comida.

A raíz de ahí, intenté reconstruir mi relación con la comida, mi cuerpo y el deporte.

Él me escucha sin interrumpirme. Me acaricia la mano con delicadeza.

—Eso me llevó a ponerme mejor y me ha dado muchas cosas buenas.

Así nació la empresa porque cada vez que pisaba un gimnasio, sentía que no era bienvenida, que solo importaba si estaba más delgada, más fuerte o más cerca del ideal.

Yo quise cambiar eso: crear un espacio más sano, libre y amable.

En definitiva, conseguir un sitio donde el cuerpo no fuera un problema que resolver, sino un compañero al que cuidar.

Respiro hondo y sonrío porque duele, pero ya no quema.

—Quizás si aquello no hubiera pasado, yo nunca me habría roto del todo. Y entonces nunca habría podido reconstruirme.

Él se echa a llorar de nuevo y yo lo hago con él. Lloramos juntos, abrazados, sentados en esa cama, en esas cuatro paredes que un verano fueron nuestro refugio, y que hoy vuelven a serlo.

Y, por primera vez desde que volví, sé que estoy en paz.

Con él.

Con lo que fuimos.

Y, sobre todo, conmigo.