El último verano que fuimos 65
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Mara

—¿Qué pasa? ¿Te da vergüenza reconocer que te gusta la gorda?

—¡A mí no me gusta Mara, ¿vale?! —se defendió Elio.

Sentí que algo dentro de mí se rompía, como si me hubieran dado un puñetazo en el pecho desde dentro.

No fue solo que no me hubiera defendido, no fue solo que dejara pasar el insulto.

Fue cómo lo dijo, cómo gritó que no le gustaba.

Parecía que fuera una acusación terrible, que debía sentir vergüenza, que yo era un error del que tuviera que desmarcarse.

Me quedé congelada, aturdida. Mi primer impulso fue pensar: no puede ser, lo he oído mal , pero no, lo había oído: alto y claro.

Y lo peor fue ver las caras de Estela y Sara porque no dijeron nada, ni una palabra. Solo sonrieron, medio incómodas, medio divertidas. Y ahí me di cuenta de que el silencio puede ser más cruel que cualquier burla.

Una grieta enorme se abrió bajo mis pies.

Una grieta que se tragó todo lo que quedaba de mí: mi orgullo, mi esperanza, mi idea de él.

Caía sin parar, como si no hubiera fondo, como si no pudiera agarrarme a nada.

Elio era mi sitio seguro, el único que no me miraba como los demás, el que me hablaba de música, de películas, de futuro, el que me sacaba de casa cuando no quería salir, cuando todo dolía.

Y ahora era otro más.

Se me llenaron los ojos de lágrimas hasta que el punto de que me ardían.

Entonces él se giró y pude ver en su cara que se había dado cuenta de lo que había hecho. Quiso venir hacia mí, pero no le dejé.

No podía soportarlo. No podía escuchar ninguna palabra suya. Vega me agarró del brazo, rápido, y me sacó de allí.

Yo no paraba de llorar. No eran lágrimas discretas ni bonitas. Eran de esas que no se pueden contener. Lloraba con la cara encendida, la garganta cerrada, el pecho encogido.

—Prima, cálmate. Seguro que hay una explicación —susurró Vega, mientras me llevaba entre la gente.

—No, no, no, no la hay. Tú lo has visto. Tú lo has oído como yo.

Y eso era lo que más dolía. Porque si él no era distinto, entonces nadie lo era .

El dolor en el pecho era tan punzante que apenas podía respirar. Me dolía el cuerpo entero, como si me hubieran arrancado algo de dentro. El cielo clareaba sobre los tejados del pueblo y yo tenía que volver a casa.

Vega me dejó en la puerta. Nos abrazamos fuerte. Nos despedimos sin saber qué pasaría. Al día siguiente vendrían mis madres, y no nos volveríamos a ver hasta el próximo verano.

Solo que ni ella ni yo lo sabíamos entonces: yo no volvería.

Porque allí, en el pueblo, ya no estaba segura. Porque cada calle, cada banco, cada canción que sonaba en la verbena me dolería. Porque todo habría cambiado. Porque Elio ya no era Elio.

Volver significaba recordar.

Y recordar dolía demasiado.