64
Elio
Llegué a la plaza y me reuní con el resto del grupo.
Estaba todo decorado para la fiesta de final de verano.
Había guirnaldas de luces colgando entre los árboles y farolillos de papel que temblaban con la brisa.
Al fondo, la banda hacía un tributo a Estopa, como casi todos los años.
Estela y Sara ya habían bebido un par de copas y estaban coqueteando con los otros dos, sus risas eran estridentes, casi forzadas.
Busqué con la mirada si Mara llegaba, pero no la vi.
Estaba inquieto. Me sentía fuera de lugar.
Quería verla. Quería disfrutar con ella: bailar, reírnos, beber…
Y, cuando estuviera lo bastante borracho como para tener algo de valor, le diría que sí, que creía que me gustaba, pero que, si yo a ella no, podíamos hacer como si eso nunca hubiera pasado.
Tenía que hacerlo hoy porque Vega se me metió en la cabeza con lo de que el verano no duraría para siempre.
Si no lo hacía ahora, si volvía a esconderme, todo se enfriaría.
Y el verano que viene, aunque ella volviera, ya no sería lo mismo porque ya habríamos empezado la universidad y ella podría haber conocido a alguien.
Pedí un cubata de ron y me bebí la mitad de un trago. Estaba nervioso. Tenía un nudo en el estómago.
—¿Qué te pasa, Elio? —dijo Héctor con sorna—. Estás como nervioso. Relájate un poco, coño.
—Nada, estoy cansado —mentí.
¿Y si no esperaba más? ¿Y si iba a buscarla y se lo decía de sopetón, así, sin pensar? Necesitaba quitarme ese peso de encima, pero también necesitaba el alcohol como escudo por si ella no sentía lo mismo. Así no quedaría como un idiota, solo como un borracho diciendo tonterías.
—Estas dos llegan tarde —espetó Estela, acurrucada en el brazo de Héctor.
—A saber qué excusa dan —siguió Sara, con una sonrisa de medio lado.
—Seguro que Elio lo sabe —saltó Héctor, mirándome con intención.
—Sí, anda siempre detrás de Mara —dijo Dani, medio en broma, medio envenenado.
Mi pulso se aceleró. ¿Tanto se me notaba? ¿Había sido tan evidente?
Tragué saliva. Quizá había sido un error venir. Quizá lo mejor habría sido quedarme en casa, dejar que todo pasara, que todo se olvidara.
—¿No será que te gusta? —insistió Héctor.
—Uuuuh —se burló Dani.
—Va a ser eso. Míralo… y pensábamos que era mariquita —remató Héctor, entre risas.
Me reí, pero no era una risa real. Era una carcajada falsa, clavada en la garganta. Nadie me defendió, ni Estela ni Sara. Solo sonrieron, bajito, y yo apreté los puños.
—Y al final se ha quedado con la gorda —dijo Dani.
Sentí cómo se me encendía algo dentro del pecho. Qué cojones estaban diciendo. ¿Por qué hablaban de ella así? Quise gritarles, empujarles, escupirles que Mara me había enseñado lo que era quererse de verdad.
Pero me callé, como siempre.
—Aprovéchate, Hugo decía que era una guarra en la cama —dijo Héctor, carcajeándose.
Me quedé helado, como si alguien me hubiera arrojado un cubo de hielo por la espalda. Estela y Sara seguían sin decir nada. Y lo peor: se estaban riendo. No pensé que pudieran caer tan bajo, todo por querer gustar a un par de imbéciles.
—Oye, ¡callaos ya! —dije alzando la voz, harto, intentando sonar firme, pero temblaba por dentro.
—¿Qué pasa? ¿Te da vergüenza reconocer que te gusta la gorda? —soltó Héctor con una sonrisa torcida.
Me miraron todos. Me sentía acorralado contra la pared. Me ardía la cara, me sudaban las palmas. Estaba atrapado entre lo que quería decir y lo que me daba miedo sentir. No sabía cómo salir de allí sin perderlo todo. Entonces lo solté, como un disparo mal dirigido:
—A mí no me gusta Mara, ¡¿vale?!
Las palabras se quedaron flotando en el aire, más fuertes de lo que pretendía, más crueles de lo que sentía. Y, en el segundo de silencio que siguió, algo cambió.