El último verano que fuimos 63
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Mara

El ventilador daba vueltas perezosas en el techo mientras Vega rebuscaba en su armario qué ponerse.

Yo ya me había cambiado en casa de la abuela.

Tenía las mejillas algo encendidas; no sabía si por el calor o por los nervios.

No había dejado de darle vueltas a lo que había dicho Elio cuando estábamos en la piscina.

Me miraba en el espejo de su habitación, dudando si dejarme el pelo suelto o hacerme una trenza.

—¿Y si me pongo esto? —preguntó Vega, sosteniendo un top corto, negro, ajustado—. ¿O demasiado?

—No sé. Te hace un tipazo increíble.

—Gracias —sonrió con picardía—. A ti ese vestido también. Tienes un escote que ya quisiera yo. Pero déjame que te preste unos pendientes dorados que, con el verde de tus ojos, van a hacer un contraste precioso.

Cuando me los dio, puso una sonrisita que no entendí y se puso a maquillarse.

—¿Qué pasa? —le pregunté.

—Nada —dijo, aunque su tono insinuaba lo contrario.

Levanté una ceja.

—Nada, que te estás poniendo muy guapa. Seguro que a Elio le encanta.

—¿Otra vez con eso?

—Ya me callo —respondió sellando sus labios con los dedos.

Solté una risa, intentando que pareciera relajada. Me concentré en colocarme el pendiente izquierdo para no mirarla.

—El otro día estuvimos hablando —suspiré.

Abrió mucho los ojos.

—¿De qué?

Le conté la conversación en la piscina y en cómo en seguida cambió de idea y me dijo que lo olvidara. En realidad, yo pensaba que se había dado cuenta de que yo no le gustaba.

—Mira, yo no puedo leerle la mente —dijo Vega—, pero hay algo en cómo te mira, Mara, y en cómo tú lo miras a él. Eso se nota.

Tragué saliva. El nudo en la garganta apareció sin avisar. ¿Y si tenía razón?

—¿Tú crees?

Asintió con la cabeza.

—No te debería contar esto porque nos pidió que no te dijéramos nada, pero Mir le dejó por ti porque decía que estaba obsesionado contigo y le hizo elegir. Y él te eligió a ti.

Me miré en el espejo otra vez. Me sentía distinta, no por la ropa ni por los pendientes, sino por lo que podía pasar esa noche. Existía la posibilidad de que, por una vez, alguien me eligiera de verdad.

—No sé. No quiero hacer el ridículo, tía.

—Tú sabrás —me guiñó un ojo—. Pero el verano no durará para siempre.

Sonreí con el corazón latiéndome con fuerza.