El último verano que fuimos 62
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Elio

Llevaba sin salir con los demás desde hacía varios días. Me dedicaba a hacer la comida con mi madre y a ayudar a mi abuela en lo que podía. Por la mañana, ayudaba en el taller a mi padre. Por aquel entonces, todavía creía que podría heredar el negocio familiar.

Tenía las ventanas bajadas para evitar que entrara el calor abrasador, y la única luz en la habitación era la del televisor. El zumbido bajo del ventilador apenas conseguía mover el aire. A través de los auriculares, oí a Vega decirme:

—¡Tío, espabila, que nos matan!

Estábamos jugando al Call of Duty 4: Modern Warfare . Ella tampoco había querido salir. Últimamente se estaba volviendo un poco más friki o más solitaria, o ambas.

—Deja de campear, cobarde.

—No campeo, te estoy cubriendo.

—Excusas —se rio desde su casa.

El sonido de las armas y las explosiones en pantalla contrastaba con la calma tensa de mi habitación. Seguimos disparando. Yo desde la esquina de un tejado; ella desde el otro extremo del mapa.

—¿Tú desde cuándo juegas? —pregunté.

—Desde que descubrí que disparar aquí es más sano que gritarles a mis padres.

Se hizo un silencio. Uno de esos que no dan miedo, pero que se sienten densos, como una niebla que te envuelve sin avisar.

Me dieron ganas de decirle que la entendía, que a veces la adolescencia era eso: quedarse atrapado en un cuerpo que cambia, en una casa que se siente ajena, en emociones que te superan.

Porque disparar en un videojuego era más fácil que enfrentarte a la vida real.

—¿Por qué no has ido hoy a la piscina? —preguntó al rato—. Porque vale que yo me haya vuelto rarita, pero tú siempre te apuntas a ir a la piscina.

—No me apetecía.

—Ni ayer ni antes de ayer.

—Estoy a gusto en casa.

—Mara preguntó por ti el otro día. Dijo que te echaba de menos.

Apreté más fuerte el mando y me quedé en silencio.

Había ignorado sus mensajes y sus llamadas.

Me sentía cobarde, peor que cobarde, porque no era que no quisiera verla…

era que no sabía cómo hacerlo sin quedarme desnudo por dentro.

Después de aquella última conversación en la que no me respondió, no me atrevía a mirarla.

En el juego, esquivé una bomba, giré la cámara, apunté y disparé.

—Tío, deja de hacerte el tonto —dijo Vega de pronto.

—¿Con qué?

—¿Con qué va a ser? Con mi prima.

—No sé de qué me estás hablando —mentí.

—¿No te acuerdas cómo te pusiste la primera vez que se besó con Hugo? Y tú no te veías, pero la cara de amargado que se te ponía cada vez que se iba con él…

Silencio.

—Haz lo que quieras, pero el verano no dura para siempre —dijo Vega, justo antes de que un francotirador le volara la cabeza virtual. Su personaje cayó al suelo con un golpe seco.

Me quedé mirando la pantalla, apretando los botones sin pensar, disparando al vacío. Ya sabía que el verano no duraba para siempre. Dentro de un par de días sería la fiesta de final de verano, y Mara se iría hasta el próximo año, otra vez.

Y yo seguiría aquí callado, tragándome lo que no me atrevía a decir, fingiendo que me daba igual cuando por dentro me moría por verla.

Esos días sin ella me habían removido cosas que no quería mirar. Pensaba que, si no salía, si no la veía, si me escondía en casa, se me pasaría, pero no se pasó. La presión en el pecho no se fue.

Estaba en todas partes, en los recuerdos, en los mensajes sin contestar, en cómo olía la última vez que estuvimos juntos, en su voz, que se me repetía en bucle en la cabeza.

No sabía si eso era querer a alguien, pero lo que sí sabía era que, cuando no estaba, todo era más gris, más aburrido, más triste.