El último verano que fuimos 61
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Elio

Estábamos tumbados sobre las toallas, a la sombra de un eucalipto que dejaba pasar algunos rayos de sol entre las hojas.

El resto había querido irse a bañar porque hacía calor, pero nosotros nos habíamos quedado.

Bueno, yo me había quedado porque Mara no se quería meter en el agua, ni siquiera se había quitado la camisola larga que llevaba encima del bañador.

Fingió que era por pereza, pero yo la conocía.

No le gustaba enseñar su cuerpo, no si había tanta gente.

En ese momento, sonaba Demons , del grupo que me tenía obsesionado últimamente. La letra me removía algo por dentro, pero no lo había pensado demasiado hasta que Mara habló:

—¿Sabes lo que me dijo Vega el otro día? —dijo, sin quitar la vista del cielo.

—¿Qué? —pregunté, girando la cabeza hacia ella.

—Que éramos algo así como muy amigos —se rio bajito, como si le hiciera gracia.

Pero a mí no me hizo gracia.

—¿Y tú qué le dijiste? —intenté sonar neutral, pero creo que me tembló un poco la voz.

—Que no dijera tonterías.

Sentí una punzada rara en el pecho, de decepción o de miedo. Sin embargo, me aferré a la idea, como quien se agarra a una cuerda en medio del agua.

—¿Y si no fuera una tontería? —solté.

La frase me salió antes de que pudiera pensarla del todo. Ella se giró hacia mí, despacio. La sonrisa se le había borrado de la cara.

—¿El qué? —preguntó en voz baja. Había algo distinto en su tono.

Se me aceleró el pulso y noté cómo me ardían las orejas y el cuello. Pero ya lo había dicho, no había marcha atrás.

—Eso… A veces me pregunto si tú y yo… —las palabras quedaron colgando en el aire, suspendidas como las motas de polvo que flotaban sobre nosotros.

El mundo se detuvo. Solo se oía el zumbido de una abeja cerca, el viento leve y su respiración contenida.

—Elio… —susurró ella, pero no dijo más.

Me dieron ganas de sentarme, de huir, de reírme y cambiar de tema, pero me limité a apartar la mirada y clavar los ojos en las ramas del árbol.

—Olvídalo —dije al final, bajito—. No he dicho nada.

Ella volvió a mirar al cielo y vi cómo apretaba los labios. Nos quedamos así, en silencio, haciendo como si esa conversación nunca hubiera existido, pero algo había cambiado. Lo sabíamos los dos porque el silencio ya no era cómodo.