El último verano que fuimos 60
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Mara

El agua estaba tibia, templada por el sol de la mañana, y olía un poco a cloro. La piscina del corral seguía igual que siempre. Nos habíamos traído dos refrescos y el altavoz sonaba bajito, para no molestar a la abuela, que siempre decía que nuestra música era ruido.

—Tía, ¿por qué no saliste tampoco anoche?

—Últimamente me da pereza. Siempre lo mismo: emborracharnos, bailar...

—Pero si antes eras la primera que organizaba los planes —dije, medio sonriendo.

—Ya, pero no sé... —se encogió de hombros—. Ahora me apetece leer, jugar a la consola, quedarme en casa...

—Bueno, no te preocupes —le dije, apretando su mano—. Pase lo que pase, está bien. Estamos bien.

Vega me miró de reojo, como si no esperara que la entendiera del todo, pero con un atisbo de alivio en la mirada. Quise que supiera que estaba aquí, sin exigencias ni condiciones, que no tenía que demostrar nada para seguir siendo una de las nuestras.

Le agarré la mano fuerte y le sonreí. Quería que no se sintiera sola y que entendiera que estaba aquí sin importar la etapa en la que estuviera.

—¿Y qué tal anoche? —preguntó al rato sin mirarme, mientras se recogía el pelo en un moño alto, con gesto perezoso.

—Normal —respondí, hundiendo los pies en el agua. Noté el picor del cloro en una herida del tobillo, pero no me quejé—. Estela y Sara están que no cagan con Héctor y Daniel. Yo tuve que hablar un rato con Pablo.

—¿Y Elio no fue?

Noté cómo se me apretaba el estómago.

—Sí, pero llegó más tarde.

Vega asintió, con ese gesto suyo que parecía que no decía nada, pero lo decía todo.

—Me cae muy bien Elio —dijo de pasada.

—Ya, y a mí —contesté.

—Sí, pero... vosotros dos tenéis algo raro.

—¿Cómo raro?

—No sé, como si fuerais muy amigos.

Me reí, bajito.

—Vega, no digas tonterías.

—No lo digo por decir. Se nota. Él te busca con la mirada todo el rato, y tú a él también, aunque intentes disimularlo.

—Qué exagerada eres. Vega, por favor. Es mi mejor amigo. Ya está.

—Ajá.

—De verdad.

—Si tú lo dices…

Se tumbó boca arriba, flotando con los ojos cerrados y los brazos abiertos. Me dejó ahí, sentada dentro del agua que apenas me cubría el ombligo, con la cabeza llena de ruido. Y, por un momento, solo un momento, me permití imaginar qué pasaría si tuviera razón.