El último verano que fuimos 59
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Mara

Yo solo estaba deseando que Elio llegara de una vez.

Había intentado ser maja con Pablo porque estaba sola.

Estela y Sara estaban tonteando con Héctor y Daniel, como siempre, y no me quedaba otra que aguantar el tipo.

Pablo era simpático, eso sí. Se podría decir que era el más normal del trío.

Me contó que jugaba al fútbol y que su padre decía que tenía talento, que lo sabía desde que era un crío.

También me soltó un par de anécdotas graciosas, y yo me reía, pero era una risa que salía sin ganas porque no quería parecer borde.

En realidad, no dejaba de mirar de reojo hacia la puerta del bar, esperando ver a Elio llegar.

Y cuando por fin lo hizo, con una camisa hortera, pero esta vez con piñas, me recorrió una mezcla rara por dentro: alivio y ansiedad.

Sonreí porque me alegraba que, por fin, hubiera llegado, pero a la vez sentí un pellizco en el estómago.

Me atusé el pelo con disimulo esperando que viniera y me salvara de esta conversación.

Pero cuando empezó a acercarse, noté algo en su expresión. Sonreía como siempre, pero solo yo sabía que era una sonrisa tensa, o más bien, una mueca.

Nos saludó con la mano, se paró a mi lado, bajó la voz y me dijo muy cerca del oído:

—Ya veo que no te aburres sin mí.

Me quedé quieta porque no sabía si sonreír o enfadarme, si tomármelo a broma o leer entre líneas. Le miré a los ojos, intentando entender. ¿Me estaba acusando de algo? ¿Acaso estaba celoso?

—Eres tú el que llegas tarde —le dije, intentando sonar natural.

Y, sin más, se dio la vuelta. Me dejó ahí plantada con Pablo mientras él volvía con el grupo. Poco después, apareció una chica que reconocí al instante: Mir. Era guapísima, morena, con el pelo liso y brillante como de anuncio. Se acercó a Elio y se abrazaron.

No eran celos lo que sentí, o al menos eso me repetí.

Era más bien un pinchazo, uno agudo, justo en la boca del estómago.

Me humedecí los labios. Me forcé a volver a mirar a Pablo, que seguía hablando, pero yo ya no escuchaba nada porque lo peor era que no tenía derecho a sentirme así. Él era solo mi amigo.

No hablamos de eso, ni esa noche ni después, pero algo cambió. Y, aunque no supiera qué nombre ponerle, ya no iba a poder fingir que no lo había sentido.