58
Elio
Después de la fiesta del chupito, no dejaba de darles vueltas al momento en que acompañé a Mara a casa. Había sido raro, pero no en el mal sentido. Raro como cuando una canción que ya conoces suena distinta porque la escuchas con otros oídos.
Con Mara siempre había estado cómodo, pero aquel silencio frente a su puerta había sido otra cosa, como si los dos hubiéramos sentido el mismo tirón y hubiéramos decidido ignorarlo.
Esa noche llegué tarde al bar porque mi abuela y mi madre me habían entretenido con una chapuza en casa.
Cuando llegué, ya estaban todas allí, y Mara también, que hablaba con Pablo, el más normal del trío de los chicos y el único en el que no estaban interesadas Estela y Sara.
Había que asumir que se nos habían añadido al grupo.
—Hombre, nuestro buen amigo Elio —rio Héctor, pasándome el brazo por encima del hombro—. ¿Qué pasa, te estabas ligando a alguna chavala?
—No —respondí, quitándome su brazo de encima con suavidad.
—Tú siempre tan callado, tío —añadió Daniel con una carcajada—. Eres un poco aburrido.
Yo los ignoré a los dos. Iba a acercarme a saludar a Mara, pero Héctor me detuvo con una palmadita en el pecho.
—Anda, déjalos. ¿No ves lo acaramelados que están?
Mara se reía con Pablo de algo, con esa forma suya de entornar los ojos que siempre me había parecido adorable.
No estaban demasiado cerca, pero tampoco era la típica charla de grupo.
Y no sé por qué, pero me dio por pensar en cómo se le iluminaban las mejillas cuando se reía conmigo porque ahora lo estaba haciendo con otro.
Sentí un vuelco seco en el pecho. No era rabia, no exactamente. Era una especie de incomodidad que me apretaba el estómago y me tensaba la mandíbula. Era una punzada rara, como si me hubieran quitado algo que no sabía que era mío.
Me acerqué sin pensar, o quizá sí lo pensé, pero no lo suficiente.
—Ya veo que no te aburres sin mí —le dije al oído.
Mara se rio bajito, pero me miró. Esa clase de mirada que dura un segundo más de lo normal y deja preguntas en el aire.
—Eres tú el que llegas tarde —fue lo único que dijo.
Yo asentí y volví con el resto, aunque no dejaba de mirar de reojo.
Poco después, me puse nervioso porque Mir se acercó a saludarme.
Habíamos terminado como amigos, pero no quería que Mara nos viera y se hiciera ideas equivocadas, o quizás sí quería.
No sabía qué me pasaba, yo solo quería que dejara de hacerle caso a Pablo.
Cuando miré en su dirección, la vi observándonos. No tenía cara de enfado, pero estaba atenta.
En eso, quedó todo. No hablamos del tema, ni esa noche ni al día siguiente. Sin embargo, desde entonces, algo había cambiado; solo que aún no sabíamos ponerle nombre.