57
Mara
Ese día, Elio me acompañaba a casa, aunque ninguno de los dos podía andar recto.
Había sido la famosa fiesta del chupito en el bar del pueblo y habíamos perdido la cuenta de todos los que llevábamos.
Vega no había querido salir y Estela y Sara se habían quedado un rato más con el trío de gilipollas.
Ya me contó Elio lo que pasó en la piscina, lo que le dijeron y las risitas cómplices.
Me ardió la piel. Me pareció injusto que, a alguien como Elio, tan bueno, tan sensible, tan suyo, lo hicieran sentirse menos por no encajar en su molde cutre de masculinidad.
Me daban ganas de plantarme delante de ellos y decirles que, si tener amigas, ser amable y no escupir testosterona a cada paso lo convertía en un mariquita, entonces ojalá todos lo fueran.
Caminábamos entre carcajadas y empujones suaves, tropezando más por el alcohol que por el empedrado de las calles.
—Sssshh, calla, que vamos a molestar a los vecinos —le susurré entre risas.
—Estoy susurrando —respondió, con esa sonrisa tonta que solo se le ponía cuando estaba muy contento... o muy borracho.
Y estaba tan guapo con los ojos brillantes, vidriosos, el pelo revuelto y la camiseta pegada al pecho por el calor de la noche. A veces parecía que no se daba cuenta del efecto que tenía.
— I can’t escape this now, unless you show me how —empezó a cantar de repente.
—Ssssh, que al final sale algún vecino a reñirnos —reí, empujándole flojito con el codo.
—Perdón, es que estoy obsesionado con ese grupo —dijo entre dientes, pero no dejó de sonreír.
—¿Cuál?
—Imagine Dragons, pero conociéndote solo te gustará una canción de su disco —me sacó la lengua con esa cara suya.
—Qué tonto eres.
Y seguimos andando, torpes, muertos de risa. Cuando llegamos a mi puerta, nos quedamos allí parados.
—Pues… —empecé, pero no terminé la frase.
Nuestros cuerpos estaban cerca, pero no se tocaban. Sentía el calor de su piel a centímetros de la mía. Respiraba tranquilo, pero había un leve temblor en su mano, que no sabía si meter en el bolsillo.
Nuestros ojos se encontraron, y ahí estaba todo: el cariño de los veranos pasados, la ternura de las cosas no dichas, la duda de si estábamos cruzando una línea invisible. Había algo que flotaba entre los dos, como electricidad antes de una tormenta, que no había estado nunca ahí.
Elio tragó saliva. Dio un paso atrás y luego otro.
—Buenas noches, Mara —murmuró, bajando la mirada.
—Buenas noches, Elio —dije yo, sin moverme.
Y, cuando cerré la puerta, sentí que me faltaba el aire.