56
Elio
El sol caía fuerte y hacía el típico bochorno que lo envolvía todo en sudor. Mara se había quedado en casa porque le había bajado la regla, así que me había venido solo. Tenía calor y, sinceramente, me apetecía despejarme.
Vega estaba tumbada boca abajo en una toalla, con los auriculares puestos y las piernas cruzadas en el aire.
Estela chapoteaba en la parte baja de la piscina con Sara, que no paraba de reírse a carcajadas, exagerando un poco para llamar la atención.
Junto a ellas, estaba tres chavales que apenas conocía: uno llevaba gafas de sol incluso dentro del agua, Héctor; otro tenía un tatuaje mal hecho en el pecho, Daniel, y uno más callado, con pinta de seguir al resto como un perrito.
Llevaban detrás de ellas dos desde hacía meses y se habían acabado acoplando a nuestros planes casi siempre.
Estela estaba claramente intentando atraer a Héctor por la forma de colocarse el pelo y de empinar la voz justo antes de reírse. Me senté en el borde de la piscina, con los pies dentro.
—Mirad quién ha venido —soltó Héctor arrastrando las palabras con sorna.
—Elio, ¿cómo haces para estar siempre rodeado de tías? Dime tu secreto —añadió Daniel—. ¿O es que simplemente eres mariquita?
Me reí con desgana. No les di el gusto de mirarlos siquiera. Estela les mandó callar con una risa incómoda, como si no quisiera quedar mal ni conmigo ni con ellos.
—Va, dejad de hacer el idiota.
Me zambullí entero. El agua me envolvió con ese silencio bajo presión que todo lo distorsiona. Buceé hasta el otro extremo de la piscina para dejar atrás la conversación, pero no funcionó.
No entendían nada. No sabían nada, pero sus palabras se me quedaron pegadas como el sol a la piel, como esa comezón que aparece sin motivo y no se va.
Yo no era mariquita y tampoco pasaría nada si lo fuera.
Simplemente, me gustaba más estar con chicas que en un ambiente de cafres. Eso no tenía por qué significar nada.
Además, había salido con Mir durante un triste mes.
Nos habíamos acostado un par de veces, lo justo para poder decir que ya no era virgen.
Pensé que sería otra cosa, pero me dio una vergüenza horrorosa terminar a los dos minutos.
Aun así, ella me trató bien y, entre los dos, hicimos que ella también terminara.
Y mi primer impulso fue querer contárselo a Mara.
Y el segundo, que quizá eso nos hacía daño.
Mir no tardó en poner las cartas sobre la mesa. Decía que era raro que su novio tuviera una amiga tan presente. Según ella, Mara estaba hasta en la sopa y me pidió que eligiera. Como era de esperar, me quedé con Mara sin pensarlo demasiado porque era mi mejor amiga.
Salí del agua y me quedé con la cabeza apoyada en los brazos, mirando a las chicas sin verlas del todo. Me sentí… pequeño, ridículo y un poco solo.
Ojalá estuviera aquí Mara.
Ella sabría cómo quitarle hierro al asunto sin reírse de mí, cómo hacerme sentir que no tenía que demostrar nada, que estaba bien como era, que no hacía falta encajar para pertenecer. Con Mara, todo lo que me hacía sentir diferente dejaba de ser raro y empezaba a ser… mío.