El último verano que fuimos 55
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Mara

Desde que mis amigas me dijeron que Elio se estaba liando con una tal Mir, no había podido sacármelo de la cabeza.

Él me había mandado algún mensaje como si todo siguiera igual, pero yo no podía.

Me sentía dolida, enfadada, confundida. Si lo veía conectado en el Messenger, me ponía en modo invisible, y hacía lo mismo si lo veía en Tuenti.

Porque éramos amigos, de los mejores. Lo sabíamos todo el uno del otro y me había tenido que enterar por otras personas. ¿Por qué no me lo había contado él? ¿Tan poco pintaba yo ya en su vida?

Además, había buscado a la tal Mir en Tuenti. No tenía muchas fotos públicas, pero bastó con ver tres. Tenía el pelo rizado y largo, los mismos ojos grandes, el mismo cuerpo que yo. Se parecía tanto a mí que me dejó un nudo en el estómago. No era envidia ni rabia, era otra cosa, algo que dolía más.

Ese verano no me apetecía volver al pueblo. No creía que fuera por él, o sí. Lo cierto era que no quería tener que enfrentarme a él porque estaba enfadada. Pero también estaba mi abuela y las chicas, y esa parte de mí que salía allí y que, por mucho que lo negara, me gustaba.

Viajaba en el coche, con los auriculares puestos de mi mp3 y la frente apoyada en la ventanilla, mirando el paisaje pasar. Mezclaba recuerdos con pensamientos que no quería tener mientras pensaba en lo que me depararía ese verano.

Esa noche me había arreglado más de lo habitual. Me puse un vestido largo, azul marino, con margaritas bordadas. No era para nadie, me repetí, aunque en el fondo sabía que no era del todo cierto.

Las chicas estaban ya cenando en el restaurante de pizzas del pueblo. Yo, en cambio, había preferido quedarme a cenar una ensalada con mi abuela.

—Mi niña, estás muy guapa hoy —me dijo con una sonrisa, sentada en su sillón de siempre, con Juan y Medio hablando con niños en la televisión.

—Gracias, abuela —le dije, dándole un beso en la frente. Su olor a su colonia tan floral me envolvió durante un segundo y casi me arrepentí de irme.

Salí a la calle donde el aire del pueblo olía a tierra caliente y jara.

Caminé hacia el bar con el estómago un poco revuelto.

No era por la cena, sino por la posibilidad de que él estuviera allí.

No habíamos casi hablado en todo el año y, aun así, mi cabeza le había dedicado un espacio constante durante todo ese tiempo.

Cuando llegué, las vi enseguida: Vega, que ahora vestía diferente, con unos vaqueros altos, camisa blanca y una coleta tirante, y Estela y Sara, igual de ruidosas e igual de cómplices con sus vestidos ultracortos.

Junto a ellas, también estaba Elio con una de esas camisas horteras que solo él podía llevar sin parecer un idiota.

Tenía la misma media melena y gafas, aunque había un inicio de barba que no recordaba del verano anterior.

Había crecido, pero no solo en altura. Había algo más, era una forma distinta de estar en el mundo.

Me sonrió al verme como si fuéramos los mismos. Yo le devolví la sonrisa fingiendo que no se me encogía el pecho, que no lo echaba de menos.

—Hola —saludé en tono neutral—. ¿Qué tal?

Las chicas me abrazaron fuerte. Me sentí bienvenida, aunque una parte de mí seguía mirando de reojo. Cuando le llegó el turno a Elio, cuando su cuerpo pareció inclinarse hacia mí para abrazarme, dije con prisa:

—Voy a pedir. Ahora vengo.

Y me alejé hacia la barra con el corazón golpeando.

Me moría por abrazarle, por sentir ese instante de paz que siempre me daba tenerlo cerca, pero no podía.

Necesitaba ganar tiempo, calmar la olla a presión de pensamientos que tenía en la cabeza.

Y, en ese momento, lo único que podía ofrecerme algo de tregua era el ardor del alcohol bajando por la garganta.

Iba a pedirle a Jonás un Larios con limón cuando sentí unos dedos rodearme la cintura. Me sobresalté, el estómago se me encogió y noté cómo la piel se me erizaba. Me giré de golpe, con el pulso acelerado.

Ahí estaba Elio. Tenía una sonrisa ladeada, medio culpable, medio encantadora. Su tacto había sido cálido, suave, familiar, demasiado familiar. Me obligué a relajar los hombros.

—¿A mí no me das un abrazo? —preguntó, con esa voz que se notaba más grave que otros veranos. Se acercó un poco más, lo justo para que notara el olor a colonia mezclado con el calor de verano.

Y no pude fingir más, así que no le sonreí, no como siempre.

—Estás enfadada conmigo —murmuró, tan cerca que su aliento me rozó la oreja.

Asentí despacio, sin mirarlo.

—Siento mucho no habértelo contado, pero es que… —titubeó—. No era importante.

Levanté la vista con una mezcla de sorpresa e indignación. Mis cejas se fruncieron sin que pudiera evitarlo.

—¿Por qué sabes por lo que estoy enfadada?

—Porque me dijo Vega que te lo contó Sara —respondió con la cabeza agachada, rascándose la nuca.

El ruido del bar nos envolvía: vasos chocando, risas, un reguetón suave de fondo, pero en ese instante, solo existía su voz, su forma de mirarme, el calor que irradiaba su cuerpo a esa distancia tan corta…

—¿Y aun así no has intentado hablar conmigo en todos estos meses? —le espeté.

—Perdona, pero has esquivado todas mis formas de hacerlo. No me respondías a los toques, te desconectabas en Tuenti cuando me conectaba… No querías saber nada.

Me mordí el labio porque tenía razón. Me había pasado meses evitando cualquier mínima interacción.

—Joder, Elio —dije, bajando la voz—. Somos amigos. Me merecía que me lo contaras tú y no enterarme por ellas.

Elio bajó la mirada. Su dedo dibujó un gesto distraído en el borde de la barra. Se encogió un poco de hombros, como si llevara ese peso desde hacía tiempo.

—Pensé que, si te lo decía, lo estropearía todo —confesó.

Y esa frase me golpeó porque, en el fondo, yo también lo había pensado demasiadas veces: si Elio tuviera novia, no pasaría tanto tiempo conmigo, no me miraría así, no me trataría igual.

Nuestros ojos se encontraron, y ahí estaba todo: el cariño acumulado, la rabia contenida, la ternura que se escapaba por las rendijas… y algo más, algo que no podíamos nombrar, pero que flotaba entre nosotros con una intensidad nueva, como electricidad en el aire antes de una tormenta.

Nos interrumpió Jonás, que llegó con mi bebida en la mano y comentó algo sobre la música o sobre lo lleno que estaba el bar, que se notaba que era principio de verano. Y, a partir de ese momento, Mir se convirtió en nuestro primer tema tabú.