El último verano que fuimos 54
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Mara

Todavía no sé por qué he accedido. Supongo que, al decirme que cuento como de la familia, no he sabido cómo reaccionar. Siempre he querido sentirme parte de algo.

Además, no puedo quitarme de la cabeza lo cerca que estuvimos de besarnos el otro día.

He recreado ese instante demasiadas veces, siempre con un final distinto al real: nosotros dos en la cama de Elio, sus manos tocándome, su boca en la mía…

Sin embargo, la realidad ha sido yo sola, en mi cama, buscándome mi propio placer.

Ahora, en cambio, estamos frente a frente, con una montaña de harina, huevos y rodillos entre nosotros. Elio intenta hacerme reír como siempre, como si el tiempo no hubiera pasado.

—Te falta harina —dice con una sonrisa ladeada.

—Ah, ¿sí? Échame un poco más.

Me mira a los ojos, y yo a él. Hay un brillo travieso en su mirada que me advierte que algo trama, pero no me da tiempo a reaccionar. Mete la mano en el saco y me lanza un puñado de harina directo a la cara.

Parpadeo, y el polvillo blanco se agita con el movimiento de mis pestañas. La harina me pica un poco cerca de los ojos, pero la sorpresa se mezcla con una sonrisa que no puedo reprimir.

—¿Qué acabas de hacer? —pregunto, entre divertida e indignada.

—Te he dicho que te faltaba harina, a ti, —se asoma a mi cuenco con descaro—, pero la masa está perfecta —añade, satisfecho, y vuelve a amasar.

Me quedo mirándolo. Sus manos firmes trabajan la masa con un ritmo seguro, y la camiseta de manga corta no oculta cómo se tensan los músculos de sus brazos.

Hay algo diferente en él… sigue teniendo esa chispa infantil, pero ahora la envuelve un aire más maduro, más seguro. Un cosquilleo me recorre el estómago.

Y entonces decido que no voy a quedarme quieta.

—La has cagado —sentencio.

Cojo un buen puñado de harina y, sin darle tiempo a esquivarlo, se lo lanzo a la cara. La nube blanca se expande entre nosotros y le deja el pelo lleno de motas.

—Pero bueno… —dice fingiendo indignación mientras se sacude un poco—. Así que quieres guerra.

—No, no… —digo retrocediendo un paso, aunque la sonrisa me delata—. Solo era justicia. Tú como abogado deberías saberlo mejor que nadie…

—Justicia, dice… —avanza hacia mí.

Intento huir rodeando la isla de la cocina, pero él es más rápido. Mete la mano en el saco y, antes de que pueda hacer nada, me lanza otro puñado de harina directo al pelo. Río a carcajadas mientras intento apartarlo con las manos, pero él aprovecha para plantarse justo delante de mí.

—Ahora sí que estamos en paz —declara, con una media sonrisa y los ojos brillando.

—Ni de coña.

Cojo otro puñado y se lo estampó en el pecho. En ese momento, no sé si seguimos jugando o si ya estamos buscando una excusa para tocarnos. Elio me sujeta la muñeca para evitar que coja más harina, y mi respiración se acelera. Siento el calor de su mano en mi piel.

—Te vas a arrepentir —susurra, tan cerca que noto su aliento en la mejilla.

Nos quedamos así unos segundos, mirándonos, con el polvo de harina flotando a nuestro alrededor y el silencio roto solo por nuestras respiraciones rápidas. Me doy cuenta de que mi corazón late tan fuerte que casi lo oigo en mis oídos.

Él suelta despacio mi muñeca, pero no se aleja. Yo, en lugar de apartarme, le quito un poco de harina de la mejilla con la punta de los dedos. Es un gesto mínimo, pero se siente como cruzar una línea invisible.

Trago saliva y me obligo a volver a mi cuenco.

—La masa se nos va a resecar —digo, más para romper el momento que por otra cosa.

—Claro… la masa —responde, en un tono más bajo.

Las guirnaldas de farolillos flotan sobre nuestras cabezas, moviéndose suavemente con la brisa tibia de la noche.

La plaza huele a tomate, albahaca y queso recién fundido; ese aroma denso y cálido que se pega a la piel y abre el apetito.

Las mesas largas, vestidas con manteles de cuadros rojos y blancos, están adornadas con velas bajas en tarros de cristal, ramitas de romero fresco, una botella de limoncello para el brindis, otra de vino blanco, y pequeños cuencos de aceitunas que los niños picotean.

Cada vecino trae su propia silla, algunas viejas y desparejadas, otras plegables de colores.

Mientras sirvo la lasaña junto a la familia, la gente que hace cola me sonríe, me llama por mi nombre, me pregunta cómo estoy.

Mateo me guiña un ojo y me dice que me ha traído una variedad nueva de tés y Jesús me asegura que mañana me guarda la barra de siempre.

Vega, que ha venido con la tía, me mira sorprendida al verme allí y me aprieta la mano antes de irse a sentar.

Y yo, que en la ciudad suelo ser invisible, aquí me siento alguien, me siento vista.

De fondo suena Piazza Grande y L’italiano .

Las guitarras acompañadas por una voz en italiano parecen envolver la plaza en una nostalgia suave.

Elio me guiña un ojo mientras me pasa un plato humeante y susurra que luego pondrán algo de música más alegre.

Yo sigo sirviendo porciones, sintiendo el calor del plato en las manos, el vapor que me acaricia la cara.

Noto cómo las risas y conversaciones se entrelazan con la música.

La luz de los farolillos tiñe todo de un dorado acogedor.

Hay algo profundamente sencillo y feliz en esta escena, algo que me remueve por dentro sin saber muy bien por qué.

La comida se resume en reír, comer, beber vino y limoncello . Brindamos por el pueblo, por nosotros, por lo que vendrá. Después, desmontamos las mesas y una música más animada llena la plaza; me suena de Eurovisión, de hace algunos años.

Se alterna con Ti amo de Umberto Tozzi. Sé que ha sido idea de Ángel porque veo a Anna sonrojarse antes de que la saque a bailar.

La plaza vibra, algunas parejas se levantan entre risas y se dejan llevar por la música.

La nonna también se anima con Elio, que la hace girar con una delicadeza torpe y cariñosa.

Yo sonrío desde mi silla, viéndolos desde lejos.

Me levanto para cruzar hacia donde están Vega, Estela y Sara, al otro lado de la pista improvisada, pero a mitad de camino me detiene una voz inconfundible.

— Cara mia —me llama la nonna —. ¿Te importa cambiarte por mí? Yo ya no estoy para estos bailes.

Me giro sorprendida. Elio también la mira, parpadeando rápido, incrédulo.

—¿Qué dices, nonna ? —salta Elio.

—Anda, ragazza . Dicen que da mala suerte dejar un baile a medias.

El corazón me da un vuelco. No puede estar hablando en serio. ¿De verdad pretende que baile con Elio?

Antes de que pueda protestar, me agarra del brazo con una fuerza inesperada y me empuja hacia adelante.

Tropiezo con el pecho de Elio. Huele a colonia suave, a limpio, y eso me desconcierta más que el empujón.

Cuando alzo la vista, la nonna ya se ha dado la vuelta, muy digna, y ha vuelto a su silla.

—No le hagas caso —me susurra Elio, con una sonrisa que es más nerviosa que confiada.

—No, está bien… —murmuro, pero la voz me sale floja.

—¿Seguro?

—Sí, no pasa nada por bailar.

Siento su mano posarse en mi cintura, firme, reclamando un espacio que hacía años que no tocaba. Me estremezco y, por instinto, le agarro del hombro. No sé si para mantener el equilibrio o para no salir corriendo.

La música nos envuelve, lenta, íntima, con cada ti amo atravesándome. Nos movemos al compás, y la plaza entera se desvanece un poco alrededor. Solo noto el calor de su mano, el peso de su mirada que evita la mía, pero se clava en cualquier otra parte de mi cara.

Elio me acerca un poco más, y no protesto. No puedo. Nos mecemos al ritmo de la canción envueltos en una neblina difusa donde solo existimos los dos.

Cuando la canción termina, el estruendo de la siguiente canción me devuelve de golpe a la realidad. Siento su respiración cerca, demasiado cerca. Nos quedamos un instante quietos, todavía enlazados, como si ninguno supiera cómo separarse del otro.

Al final, él baja la mano despacio. Yo doy un paso atrás y respiro hondo, fingiendo normalidad, aunque todo en mí sigue temblando.

—Iba a hablar con las chicas antes de que…—murmuro, sin terminar la frase.

—Mara… —susurra él. Parece que fuera a decir algo más, pero lo deja morir en el aire. Solo inclina la cabeza, con un gesto breve, y regresa a la mesa donde la nonna lo espera con la sonrisa satisfecha de quien ha conseguido lo que quería.

—¿Qué tal, chicas? —pregunto al acercarme a Vega, Estela y Sara.

—Bien, estaba todo perfecto. ¿Cómo que has participado?

Les explico la llamada de Elio y el imprevisto de Anna.

—Entonces, ¿ya estás bien con Elio? —pregunta Sara.

—Supongo —me encojo de hombros—. No puedo estar enfadada toda mi vida. Mi abuela me dijo que no me fuera del pueblo sin estar en paz con el pasado… y eso estoy haciendo.

He ayudado a llevar todo de vuelta a casa de los padres de Elio. Estamos colocando las fuentes y utensilios en la cocina cuando oigo que me llaman.

—Mara, ragazzina mia , ¿te importa subir a por mi bastón? —me pide la nonna desde su sillón.

—Claro, ¿dónde está?

—En mi habitación, al lado de la de Elio.

Subo las escaleras rápidamente, con el calor del día aún pegado a mi piel, y paso por delante de la puerta de él.

Ahí está, en el centro de la habitación, rebuscando en un cajón.

El aire dentro parece más denso, cargado de ese olor a él que reconozco, aunque hayan pasado años.

Todo parece congelado en el tiempo: su cama con la colcha desordenada, el escritorio con un par de cómics apilados, los pósteres de videojuegos que no ha tenido el corazón de quitar.

Carraspea, y yo vuelvo a la realidad.

—Perdona, la nonna me ha mandado a por su bastón —murmuro, apartando la vista y dirigiéndome al final del pasillo.

Me mira con una ceja levantada.

—¿Qué bastón? La nonna no tiene ningún bastón.

—Vaya, juraría que le he entendido eso.

— Nonna —grita desde arriba, asomándose a la escalera—, ¿por qué has mandado a Mara a por un bastón?

—¿Yo? —responde ella desde el salón con fingida inocencia—. Yo no le he pedido nada.

Nos reímos, con esa incomodidad que solo aparece cuando los dos sabemos que hemos sido víctimas de una trampa.

—Discúlpala, está mayor y está sufriendo como una segunda adolescencia. Es más rebelde que yo con quince.

—Bueno, es que, para eso, hacía falta muy poquito.

Se ríe y me da un golpe suave en el brazo.

—Idiota.

—Bueno, yo me voy ya. Buenas noches, Elio.

—No puedes irte aún.

—¿Por? ¿Necesitáis ayuda con algo más?

—No —da un paso hacia mí, y su voz se vuelve más grave, más intensa—, pero yo sí necesito esto.

No me da tiempo a procesar nada antes de que me bese.

Al principio es suave, como tanteando el terreno, pero enseguida la intensidad sube: su boca reclama la mía, su lengua busca la mía con una urgencia contenida durante años.

Me falta el aire y, cuando nos separamos, solo es para respirar y volver a encontrarnos.

Me agarra de la nuca, firme, guiándome hacia el interior de su habitación.

La puerta se cierra de golpe a mi espalda y noto la madera fría en contraste con el calor que me sube por la piel.

Enredo los dedos en su pelo y tiro suavemente, arrancándole un jadeo.

Las manos de Elio recorren mi espalda, y la ropa empieza a estorbar, a sobrar, mientras el calor entre nosotros se vuelve insoportable.

Voy a quitarle la camiseta, mis dedos están ya rozando el borde de la tela, cuando de repente me golpea un pensamiento como un cubo de agua fría: el dolor, la herida que nunca cerró. ¿Estoy traicionando a la Mara de diecisiete años si cruzo esta línea?

Bajo las manos y aparto la boca de la suya.

—Para… —mi voz sale más suave de lo que esperaba.

Él se detiene al instante.

—Vale —dice, dando un paso atrás.

Lo miro, esperando que insista, que pregunte, que intente entender.

—¿No me dices nada?

—No lo necesito —responde, y en su voz hay un amargor que me sabe a culpa.

No me mira del todo; sus ojos se clavan en un punto del suelo. Doy un paso hacia él, con el corazón golpeando fuerte en el pecho.

—No sé cómo debería sentirme después de todo lo que pasó.