El último verano que fuimos 53
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Elio

Llevo días evitando acercarme a ella, con miedo a incomodarla o a parecer demasiado insistente.

Sin embargo, en el fondo, no dejo de imaginarla en mi casa, jugando conmigo como cuando éramos niños o sentada en el sofá con un libro, absorta en sus pensamientos.

La imagen de su sonrisa, tan suya y auténtica, me persigue todo el tiempo y me hace sonreír sin querer.

Sé que es un espejismo: ella tiene su vida, su empresa, sus proyectos en la capital.

Este verano será todo lo que me quede de ella, y me duele anticipar que se irá.

Hay que hacer mucha lasaña y mi madre y yo íbamos a poder con todo, pero se tiene que ir a cubrir a una compañera que se ha puesto mala. Mi abuela ya está mayor y mi padre tiene que ir a abrir el taller. Al final, me quedo yo solo frente a la montaña de ingredientes.

Mi madre, justo antes de salir, me dice:

—Pídele a Mara que te eche una mano.

Siento un vuelco en el pecho: ilusión y nervios a partes iguales.

—No sé, mamá… igual no quiere y viene por compromiso. Ya sabes cómo es.

—Bueno, pues tú verás. La abuela no va a dejar que cualquiera cocine nuestras recetas y tendrás que hacer diez lasañas tú solo —me suelta, ajustándose el uniforme de auxiliar antes de cerrar la puerta.

Resoplo al ver la harina, los tomates y la carne que me esperan en fila sobre la encimera. Y, pienso en ella, en lo divertido que era hacer masa de pizza con ella en aquellos tiempos y en sus ojos riéndose de lo torpe que era. Solo la idea me revuelve entero.

Con los dedos temblorosos y el corazón golpeándome las sienes, busco su nombre en la agenda.

A pesar de todo lo que pasó, nunca borré el número ni siquiera cambié el contacto: Mara 3 .

Lo miro un par de segundos antes de pulsar el icono de llamada.

No es solo que no pueda con tanta lasaña yo solo…

es que una parte de mí, la más egoísta, quiere cualquier excusa para pasar el día con ella.

—¿Elio? —su voz suena al otro lado, ronca y suave. El simple hecho de que me llame por mi nombre me deja un instante sin aire. ¿Sigue teniendo guardado mi número?

—Sí… Perdona, ¿te he despertado?

—No —y entonces suelta un pequeño gemido al desperezarse. Algo se me revuelve dentro—. Me estaba bebiendo un té mientras leía. ¿Ha pasado algo?

—No, no… —resoplo, buscando las palabras—. Puf, a ver cómo te digo esto…

—Me estás asustando. ¿Qué pasa?

—Es que hoy celebramos en el pueblo el Día Mundial de la Lasaña. Íbamos a prepararlo todo entre mi madre y yo, pero ha tenido que irse a cubrir un turno en la residencia. Y claro… mi abuela se niega a que nadie que no sea de la familia toque su receta.

Hago una pausa.

—Y bueno… tú cuentas como de la familia. Ya sabes.

—Mmmm… —Puedo escuchar cómo se queda pensando—. Vale, ¿qué necesitas?

—A no ser que tengas otros planes, ¿puedes venir a casa a cocinar conmigo?

—Bueno… —dice alargando la palabra— había quedado con mi libro toda la mañana.

La imagen me arranca una sonrisa sin querer.

—Entonces supongo que puedes darle plantón, ¿no?

Se ríe, y ese sonido se me mete debajo de la piel.

—Venga, dame media hora y estoy allí.