El último verano que fuimos 52
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Mara

Estaba emocionada porque mis madres habían aceptado que Estela, Sara y Vega vinieran a verme a la capital ese fin de semana. Teníamos planes sencillos pero perfectos: ir al cine, pasear por el centro comercial y terminar con una noche de chicas.

Después de tanto andar durante el día, el cansancio nos venció y nos fuimos a dormir temprano, aunque nuestras mentes seguían despiertas.

En la oscuridad, nuestras voces rompieron el silencio para hablar de los miedos que aún nos atenazaban y de ese futuro que se nos abría delante, lleno de decisiones que parecían imposibles de tomar.

El año que viene tendríamos que elegir una carrera, y ninguna sabía realmente qué camino tomar.

—Yo lo tengo claro —dijo Vega con la voz firme—. Quiero vivir aquí cerca de ti, prima, y trabajar en alguna editorial.

Sentí un escalofrío al imaginar que esa posibilidad existía, que podía estar más cerca de alguien que me entendía.

—Ay, eso sería genial, así no me sentiría tan sola —respondí, con un nudo en la garganta.

La charla continuó y, al fin, tomé aire para preguntar lo que me rondaba la cabeza desde hacía días.

—¿Y qué tal está Elio? —pregunté con una mezcla de esperanza y miedo.

Llevaba varios días sin recibir señales suyas, sin esos toques que antes me llenaban de alegría, y no le veía conectado en Tuenti.

—Bien —respondió Vega distraída.

Entonces Sara soltó la bomba que hizo que mi corazón se congelara:

—Ahora se está liando con una de clase, la Mir.

—Cállate —la riñó Vega con brusquedad.

—¿Por? —siguió Sara.

—Porque es la vida de Elio y se lo tiene que contar él —respondió Vega, con un tono que no admitía réplica.

—Vaya chorrada.

No pude decir nada. La noticia me dejó en silencio, con un nudo en la garganta que no desaparecía.

Sentí que el suelo se movía bajo mis pies, como si todo lo que creía se estuviera deshaciendo poco a poco.

Miré al techo, tratando de no llorar, pero la tristeza y la rabia se mezclaban y me costaba respirar.

No sabía qué pensar ni qué sentir, solo que aquello dolía mucho más de lo que estaba preparada para admitir.