51
Mara
Cuando llevamos dos gin-tonics , aparece Elio con una camisa hawaiana. Es turquesa con un estampado floral fucsia. Es tan horrorosa que me encanta. Nos da dos besos a cada una y va a pedirse un cubata.
Bailamos los cinco como antaño. Nos inventamos un limbo improvisado y vamos pasando por debajo.
Río tanto que me duele la tripa. Había olvidado lo que era soltarme así, sin pensar, sin cargar con nada.
En la capital, suelo estar tan cansada del trabajo que no hago este tipo de planes.
Debería aceptar la próxima invitación de Laura, la subdirectora, para tomar unas cañas después del trabajo.
Por un rato no hay rastro de aquella Mara rota que bailaba aquí los veranos. Solo soy yo, riendo, bailando, disfrutando.
Nos quedamos en el bar hasta que Jonás nos echa. Me abraza al despedirse como si no hubieran pasado los años.
—Se te echaba de menos, pero vete ya antes de que os tenga que sacar a rastras —bromea.
Y me sorprendo. Yo siempre quise ser vista por idiotas como Hugo, cuando en realidad ya lo era. La gente se acuerda de mí, conservan un buen recuerdo. Solo tengo que dejar de mirar hacia los sitios equivocados.
Sara, Estela y Vega se van a casa despidiéndose con la mano sin ni siquiera ofrecernos que nos vayamos todos juntos. Pareciera que lo hubieran hecho a propósito. Me quedo sola con Elio.
—Te acompaño, va. Por los viejos tiempos —dice, tendiéndome la mano.
Y ese gesto me atraviesa. La calidez de su palma, el roce leve de sus dedos contra los míos. Un cosquilleo me recorre el brazo, y de golpe soy consciente de lo mucho que lo había echado de menos.
Caminamos hablando de tonterías, frases cortas que se pierden en el silencio de las calles.
Él se toca el pelo una y otra vez; es su tic, lo reconozco y me pone más nerviosa aún, porque sé que lo hace cuando está inquieto.
El aire fresco de la madrugada me despeja lo justo, pero la cabeza me sigue dando vueltas.
Al llegar a mi puerta, ocurre la rutina de todas las veces que me ha acompañado desde que estoy aquí.
—Buenas noches, Elio.
—Buenas noches, Mara.
Me giro, meto la llave en la cerradura y entonces él rompe el guion.
—Mara, yo… llevo queriendo decirte algo desde que volviste.
El estómago se me encoge. No, no estoy preparada para abrir esa caja.
—Hoy no, por favor.
Cuando me vuelvo, lo entiendo todo sin que diga nada más.
En sus ojos hay algo contenido, antiguo, que me desarma.
Me revuelve igual que entonces, igual que siempre.
Doy un paso hacia él antes de pensarlo y Elio no se mueve.
Me sostiene la mirada, quieto, como si también estuviera al borde.
La distancia entre los dos se acorta. El corazón me late en la garganta.
Él alarga la mano y me aparta un mechón de pelo, con cuidado, dejándolo detrás de mi oreja. Sonríe apenas.
Sé que, si doy un paso más, no habrá vuelta atrás. Me perderé en él y en todo lo que fuimos.
—No compliquemos esto más, por favor —le susurro.
Su rostro se contrae, pero no insiste. Solo asiente despacio y ese gesto me duele más que cualquier palabra.