50
Mara
Por suerte, la ola de calor ha terminado hace un par de días y he podido recuperar una especie de rutina.
Me despierto temprano con la luz que se cuela sin pedir permiso por la persiana, salgo a caminar por calles que huelen a pan recién hecho, compro una hogaza a Jesús y vuelvo con la bolsa de papel calentándome las manos.
En casa, me preparo unas tostadas y un té verde de fresa mientras dejo que la mañana transcurra entre páginas.
Es un lujo que en la ciudad no me podía permitir: allí siempre estaba demasiado cansada, demasiado ocupada, demasiado todo.
Por las tardes, Vega suele venir a tomar té conmigo o vamos juntas a la piscina. A veces, aparece Elio también, siempre observando, pero, aun así, consigue que nos riamos con sus ocurrencias.
Esa tarde, justo antes de bajar a la piscina, Vega me pregunta:
—¿Te importa que vengan Estela y Sara?
Levanto la vista del libro y noto cómo se me encoge el estómago. Un dardo frío me atraviesa el pecho porque no sé si estoy preparada para reencontrarme con ellas.
—Creo que… —Vega baja la voz— querrán disculparse.
Un silencio incómodo se abre entre nosotras.
Y ahí está, otra vez, esa punzada en el pecho, el recuerdo de todo lo que pasó.
Me digo que fue hace años, que ya no importa, pero el cuerpo me traiciona: las palmas me sudan, siento la respiración más corta y un cosquilleo desagradable me sube por la nuca.
—Sí, está bien, que se vengan —digo al fin.
No sé por qué me pongo nerviosa, o sí lo sé. Es como caminar descalza sobre un terreno que creía sólido y de pronto cede bajo mis pies.
El reencuentro en la puerta de la piscina municipal es un trago amargo.
Ellas están allí, esperándome, y por un instante me parece que nada ha cambiado: el mismo peinado, el mismo estilo al vestir.
Solo un par de arrugas más y unas ojeras más marcadas, como si el tiempo hubiera pasado en todo menos en lo esencial.
—Hola, ¿qué tal? ¿Cómo estás? —pregunta Estela.
Me esfuerzo en dibujar una sonrisa, pero siento cómo me tira la piel de la cara.
—Bien, bien. ¿Y vosotras?
—Bien —responden al unísono. Y después, solo queda silencio. El aire caliente de la tarde pesa entre nosotras.
Vega carraspea, incómoda. Y, entonces, Sara, tan directa como siempre, da un paso adelante.
—Mira, lo mejor es quitárnoslo de en medio. Lo siento muchísimo. Fue una cagada monumental —dice, clavando los ojos en los míos. Y en esa mirada solo veo un brillo de sinceridad.
Estela asiente enseguida.
—Sí, de verdad. Nos gustaría poder volver atrás y borrar lo que pasó, pero no podemos.
Algo se me remueve por dentro. Parte de mí querría dar media vuelta y aferrarse al rencor, pero otra parte, más callada y honda, recuerda a mi abuela y su última petición: que me fuera en paz con todos, incluso con ellas.
Respiro despacio. El odio y el resentimiento no me han hecho sentir mejor en todos estos años. Tal vez tengan razón. Éramos unas crías y quizás el pasado deba quedarse donde pertenece: atrás.
Asiento con la cabeza, sin palabras. Y, por primera vez en mucho tiempo, siento que quizás pueda empezar a soltar.