49
Elio
Estoy más nervioso de lo que creía. Intento enroscar la cafetera para ponerla al fuego y se me resbala entre las manos.
Casi la tiro al fregadero. ¿Qué cojones me pasa?
Mara está en mi casa después de todos estos años.
Nunca imaginé que cruzaría esta puerta, que vería estas paredes que conocen todas mis rutinas.
Y, de pronto, siento vergüenza: miedo a que le parezca fea, pequeña, que no sea suficiente para ella.
Por fin consigo montar la cafetera y la pongo al fuego. El olor del café empezará a llenar la cocina en unos minutos. Corto el pan que compré hace un rato, todavía tibio, y lo meto a la tostadora. La casa está en silencio, salvo el leve zumbido del aire acondicionado que viene del pasillo.
Oigo abrirse la puerta del dormitorio de invitados. Mi pecho da un salto antes de girarme. Es absurdo, pero siento que mi casa se ilumina solo porque ella ha salido de esa habitación.
—Buenos días —dice Mara, con voz ronca de recién despertada. Lleva el pelo revuelto y aun así me parece preciosa.
—Buenos días… —respondo mientras intento que mi sonrisa parezca casual—. ¿Has dormido bien?
Asiente, frotándose los ojos.
—Demasiado bien. Creo que no dormía así desde… —Se muerde el labio y deja la frase a medias.
Le sirvo un vaso de agua fría y le indico la silla. La observo mientras bebe, con el sol de primera hora filtrándose por la persiana y recortando su silueta. No quiero que note cómo me tiembla un poco la mano cuando saco las tostadas del tostador.
—Pensaba preparar café y tostadas —digo, intentando que mi voz suene ligera.
—No hacía falta, de verdad… —responde bajando la mirada—. Además, no me gusta el café.
No lo había pensado. Rebusco en un armario y encuentro una caja de té olvidada.
—Tengo esto. ¿Te sirve o prefieres que baje a por otra?
—No, está bien.
El silencio que queda entre nosotros es raro: cómodo y tenso a la vez. Meto la taza al microondas para calentarle el agua.
—Oye, si quieres… —empieza a decir—. Puedo irme a casa de mi tía. No quiero molestar.
Me detengo, justo cuando la cafetera empieza a bufar.
—¿Molestar? —repito, girándome hacia ella—. Mara, si de verdad pensaras que me molestas, no estarías aquí. Te he invitado yo.
Se encoge de hombros, sin levantar la vista de la isla de la cocina.
—No sé… solo que esto es raro.
—Sí —admito, dejando el pan en la mesa—. Es raro. Pero no me molesta. Al contrario.
Ella respira hondo, como si esas palabras le hubieran quitado un peso de encima. Y, por un momento, mientras el olor del café caliente llena la cocina y el sol recorta el perfil de su cara, siento que podríamos quedarnos así en silencio y sería suficiente.
La observo mientras bebo de mi taza de café. Prueba el pan con aceite y no puede reprimir un gemido satisfecho.
—Dios, este pan está buenísimo.
—Sí —sonrío, aliviado de escucharla disfrutar—. Jesús lo sigue haciendo en horno de leña. Pero, si lo quieres comprar, hay que madrugar: cierra a las diez.
Ella se lame un poco los labios manchados de aceite y sonríe.
—Hacía siglos que no comía un pan así… —dice, y por primera vez desde que llegó, su voz suena ligera, casi contenta.
Me apoyo en la encimera, con mi taza de café entre las manos. La miro sin querer hacerlo demasiado evidente. Cada gesto suyo me resulta familiar y extraño a la vez. Es como volver a un recuerdo antiguo, pero con los bordes gastados y diferentes.
—Oye —me animo al fin—. Puedes quedarte aquí todo el tiempo que quieras. No me molestas. Puedes seguir en la habitación sin salir para no vernos. Pero hace demasiado calor para que estés en esa casa.
Levanta la mirada, y algo en sus ojos me atraviesa.
—Ya bastante raro es estar aquí como para encima estar encerrada como una adolescente enfadada. Pero tenemos que aparentar normalidad.
—¿Normalidad? —pregunto, con una sonrisa que intenta romper la tensión.
—Sí, no sé… hablar del tiempo, de cosas frikis… —hace una pausa, jugueteando con un trozo de pan—. Necesito preguntarte algo.
—Adelante.
—¿Capitán América o Iron Man?
—¿Quieres la verdad? Capitán América, por supuesto.
Bufa teatralmente.
—Lo sabía. Qué decepción. Está al nivel de cuando descubrí que tenías el FIFA.
—¿Eres de Iron Man? No. —Niego con la cabeza, medio riendo.
—Es muchísimo mejor que Capitán América.
—Eso lo dices porque te gustan los tipos engreídos.
—Están los engreídos y, por otro lado, está Iron Man —responde, y en su mirada brilla algo juguetón que hace que mi corazón dé un vuelco.
Me obligo a centrarme en las tostadas, no en cómo se le tiñen los mofletes de un rubor suave que me resulta peligroso.
—Entonces… ¿te quedas? —pregunto al fin, intentando sonar neutro.
Mara se toma unos segundos, desmigando un trozo de pan entre los dedos, y finalmente asiente despacio.
—Vale… pero solo este finde.
—Trato hecho. —Sonrío, y algo en mi pecho se relaja—. Entonces, ¿hacemos un maratón de Marvel? Es solo para demostrarte que el Capi es el mejor.
Llevamos todo el día viendo películas de Marvel.
Entre una y otra hemos acabado hablando de todo.
Hemos coincidido en que el final de Juego de tronos fue una ida de olla y hemos intentado consolarnos del shock emocional por la última temporada de Ataque a los titanes .
Comentamos las pelis como los dos frikis de siempre, pero la verdad es que apenas recuerdo los detalles de lo que estamos viendo: casi todo el rato la he escuchado reír, picarme o soltar comentarios que me hacen sonreír como un idiota.
A mediodía, insistió en preparar ensalada de pasta, y ahora se mueve por la cocina preparando unos huevos revueltos como si fuera lo más normal del mundo.
Yo la miro desde la isla, jugueteando con un vaso de tinto de verano.
El vino de pitarra del tío Tibo es tan fuerte que hemos tenido que rebajarlo con refresco, pero ya siento el calor en las mejillas y la ligereza en el cuerpo.
Le enseñé la nueva consola y los juegos nuevos, y verla flipar me hizo sentir… no sé, orgulloso. Entre risas, me soltó que menos mal que no tenía el último FIFA. Le saqué el dedo medio con una sonrisa y, por un momento, parecía que el tiempo nunca hubiera pasado.
Se podría decir que estamos cómodos, peligrosamente cómodos.
—¿Elio? —dice de pronto.
—Dime.
—No sé en qué estás pensando…—dice, con media sonrisa—, pero quítate esa cara de bobo. Venga, que ya está la cena.
—Voy, pongo la mesa en un segundo.
Cuando nos sentamos, Mara me lanza esa chispa traviesa que me pone el corazón a mil.
—Ahora toca la última, Civil War . ¿Estás listo para ver que Capitán América, en realidad, no vale para nada?
—¿Perdona? —levanto una ceja, fingiendo indignación—. Creo que el vino se te está empezando a subir y querías decir Iron Man.
—Tony Stark tiene cerebro, tiene carisma y tiene estilo. Steve Rogers es un pan sin sal.
—Un pan sin sal que salva al mundo sin necesidad de tener un millón de gadgets y hacerse el gracioso.
—Al menos, Stark tiene gracia —responde, burlona.
Nos quedamos mirándonos unos segundos. Entre el vino, las pelis y los recuerdos, siento que la distancia entre nosotros se ha encogido demasiado. Mi cuerpo se tensa con esa mezcla de risa y algo que no quiero nombrar.
Ya ha caído la noche. La luz que entra por la ventana es de un naranja suave que va apagándose poco a poco, tiñendo el salón de un calor tranquilo. Mara tiene los ojos medio cerrados. Lleva un rato luchando contra el sueño, pero al final la cabeza se le vence hacia mi hombro.
Su pelo me roza el cuello y, por instinto, siento un escalofrío que me recorre entero. La piel se me eriza, como si mi cuerpo reconociera algo que mi cabeza intenta ignorar. Sin pensarlo demasiado, levanto el brazo para que apoye la cabeza en mi pecho. Ella lo nota, me mira un segundo y se acomoda.
El corazón me late rápido. Huele a jabón por la ducha que se ha dado antes de cenar y a vino dulce, y siento el calorcito de su respiración sobre mi camiseta.
Por un instante, solo existe este momento: su peso sobre mí, su pelo rozándome la barbilla y la película sonando de fondo sin que yo le preste la menor atención.
Ella levanta la cabeza apenas unos centímetros. Sus ojos, todavía algo brillantes por el vino, buscan los míos. Yo siento que el aire se espesa, que el mundo se reduce a la distancia mínima entre su boca y la mía. Mi cuerpo se inclina sin quererlo. Estoy a una exhalación de besarla.
Y entonces, suena el móvil.
El sonido corta la burbuja como un cristal que se rompe. Mara parpadea, vuelve a apoyarse en el respaldo del sofá y busca el teléfono a tientas. En la pantalla, veo el nombre de Vega.
—¿Sí? —responde con voz ronca, un poco más alta de lo normal. Pausa. Asiente un par de veces—. Sí, estamos bien.
Se despide rápido y deja el móvil sobre la mesa, pero la magia ya se ha evaporado.
—Creo que voy a irme a dormir —dice al cabo de unos segundos, sin mirarme del todo.
—Claro —respondo, intentando que mi voz suene ligera.
La veo levantarse y desaparecer por el pasillo. Me quedo solo en el salón, con el eco de su calor todavía en mi hombro y la certeza de que hemos estado a un suspiro de cruzar una línea de la que ya no habría vuelta atrás.
A la mañana siguiente, la luz entra clara por la persiana del salón. La cafetera gorgotea en la cocina mientras yo recojo los vasos que dejamos la noche anterior. Mara aparece en el umbral, despeinada, con el móvil en la mano.
—Vega vuelve hoy de la capital —dice sin rodeos—. Creo que voy a pasar lo que queda de la ola de calor en casa de mi tía.
Asiento despacio, intentando que no se note la punzada que siento en el pecho.
—Claro, como quieras.
Ella sonríe un instante, casi tímida, y se va a preparar sus cosas. No hay más que decir, ni reproches ni promesas. Solo queda el eco de lo que pudo haber sido, flotando en el aire junto al olor del café.
Cuando cierro la puerta detrás de ella, la casa vuelve a quedarse en silencio. Y aún siento, sobre mis hombros, el peso de estarme acercando a un precipicio al que no le tengo miedo.