El último verano que fuimos 48
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Mara

He visto el llavero que le regalé en la feria. Pensé que ya no lo tendría, pero ahí está, en las llaves de la que ahora es su casa. Tengo la frente apoyada en la madera de la puerta. Me arde, como si todo mi cuerpo estuviera encendido por dentro. No puedo mirarlo a los ojos de la misma manera.

El aire huele a sábanas limpias. Me dejo caer en la cama sin deshacerla.

El corazón me late demasiado fuerte, en las sienes, en la garganta, en el estómago.

No sé si es el calor o si es el cansancio, o si es el maldito llavero, tan pequeño, tan inofensivo, tan lleno de todo lo que no quiero recordar.

Entonces, lo entiendo. No solo no lo tengo superado. Lo estoy desenterrando. Todo ha estado ahí debajo escondido, cubierto de polvo y silencio, esperando a que volviera a este maldito pueblo.

Intento gritar de rabia, pero ni siquiera me sale la voz.

Solo aprieto los dientes contra la almohada y siento cómo me arde el pecho.

¿Qué más puedo hacer? Estoy aquí, encerrada en su casa, por la maldita ola de calor.

Me cago en todo, en el calentamiento global, en los multimillonarios contaminando el planeta con sus jets privados, en los veranos que se alargan hasta parecer castigos, y, en mi misma, por estar aquí y sentir esto.

Necesito distraerme, así que recorro la habitación con la mirada.

Es tan Elio, tan él que duele. En la pared, dos pósteres gigantes: uno de Juego de Tronos y otro de Guardianes de la Galaxia .

La primera película fue la mejor de toda la saga, sin discusión.

Bajo ellos, un escritorio casi vacío, salvo por un Lego montado: el Guantelete del Infinito.

Entrecierro un poco los ojos para verlo mejor y sonrío para mis adentros.

Está muy chulo, aunque yo habría elegido el guante de Iron Man, claro.

Seguro que Elio es más de Capitán América.

Hago una mueca porque odio a Steve Rogers-

Ese pensamiento absurdo, tan cotidiano, tan inocuo, me saca una risa floja, que es una pequeña tregua en medio del torbellino que llevo dentro.

Siento los párpados pesados, el cuerpo rendido.

No sé si es el calor o si es el cansancio que llevo acumulado desde hace años, pero, antes de darme cuenta, me quedo dormida.

Me despierto con la luz rasgando la habitación, mucho más intensa de lo que recordaba antes de dormirme. Me miro la muñeca y veo que son las seis de la mañana. Estoy desorientada porque el sueño ha sido más profundo de lo que esperaba.

Me incorporo con cuidado, intentando no hacer ruido. Me deslizo fuera de la cama y camino hacia el baño casi sin pensar, porque me hago pis. Justo cuando voy a abrir la puerta, alguien lo hace desde dentro.

Y ahí está Elio, recién salido de la ducha, con el pelo húmedo cayéndole en mechones y la toalla ajustada a la cadera. Su torso desnudo brilla con gotas que todavía no se ha secado. Me mira sorprendido, igual que yo.

Me quedo quieta. Siento el calor subirme a las mejillas y no sé si es la vergüenza, el bochorno de la ola de calor, o algo que llevaba dormido mucho tiempo y que el maldito llavero ya había empezado a despertar.

—Perdona —dice él con voz tranquila, sin moverse—. Pensé que seguías dormida.

Asiento sin saber qué decir. Mi corazón va demasiado rápido para fingir indiferencia. Por un segundo, se me cruzan imágenes de otro tiempo: noches de verano y una versión de mí menos enfadada.

Quiero hablarle y decir cualquier cosa, pero sé que, si lo hago, todos mis diques de contención saltarán por los aires. Aún no estoy lista para eso.

—Salí a correr un rato —añade—. Con este calor, solo se puede hacer a estas horas.

Yo trago saliva y consigo moverme, dejándole pasar. Su olor a jabón me rodea unos segundos que parecen eternos.

Solo me dedica una media sonrisa, la que me da sin esperar nada a cambio, y se va hacia su habitación. Me quedo un instante en el pasillo, intentando recuperar el aire y recordándome que no vine aquí para esto, que esto no es una tregua, que no puedo dejar que todo vuelva como si nada…