El último verano que fuimos 47
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Elio

Hugo había desaparecido para siempre, según decían. Y, aunque nadie lo decía en voz alta, todos sabíamos que era mejor así, sobre todo para Mara. Ella no habría sido capaz de cortar con él, y menos con todo lo que la tenía atrapada por dentro.

La plaza estaba llena por la fiesta de fin de verano. Luces de colores, farolillos de papel y una banda versionando Marta, Sebas, Guille y los demás desde el escenario improvisado. Yo esperaba a que Mara pidiera, distraído.

—La vas a desgastar —dijo Vega a mi lado.

—¿Qué?

—A Mara. Que la miras tanto que va a borrarse.

No supe qué contestar. Se me encogió algo en el estómago y se me instaló una presión en el pecho. El pulso me dio un latigazo. Era mi amiga y así tenía que seguir siendo.

—Tranquilo. No se lo diré a nadie —añadió, dándome una palmadita en el hombro antes de desaparecer entre el gentío, hacia donde bailaban Estela y Sara.

Yo me quedé donde estaba, quieto, esperando a que Mara volviera.

Y entonces la vi venir sonriendo con dos vasos en las manos.

El pelo rizado le caía suelto y el vestido negro, corto y con vuelo, se ceñía justo donde empezaba el pecho.

Tragué saliva y aparté los ojos un segundo.

Me dije que no la estaba mirando así porque era mi amiga.

—¿Bailamos? —me dijo, tendiéndome uno de los cubatas.

Asentí sin pensar y solo la seguí. Nos metimos entre el ruido y las luces de la mano como si no me temblara todo por dentro.

Vega, Sara y Estela bailaban dándolo todo bajo las luces que parpadeaban. Yo apenas podía seguirles el ritmo. Mara me miró de reojo, con gesto torcido.

—No me encuentro bien. Ahora vuelvo —dijo alto, intentando hacerse oír entre el griterío.

—No, te acompaño —contesté enseguida, casi sin pensar, y eché a andar detrás de ella.

—No hace falta, de verdad —dijo, dándose la vuelta, caminando de espaldas—. Solo necesito un poco de aire.

Pero ya la seguía. La plaza se quedó atrás, junto con la música. Caminamos sin rumbo claro, entre farolas anaranjadas y sombras que se alargaban sobre el asfalto. Acabamos en el parque vacío.

Nos sentamos en un banco. El aire era más denso de lo que recordaba.

—¿Estás bien? —le pregunté, intentando leerle la cara.

—Sí, sí —dijo, y esbozó una sonrisa que no le llegaba a los ojos—. Es solo que no sé por qué todo es tan complicado.

—¿El qué?

—No sé. Gustarle a los chicos. Entiendo que mi físico es un impedimento, pero intento compensarlo con lo demás.

—Oye —dije enseguida—. No digas eso. No tienes que compensar nada, de verdad.

—Ya, ya.

—Es solo que… los chicos somos gilipollas. No es culpa tuya.

—No te metas en el mismo saco. Tú no eres como ellos.

¿Llevaba razón? ¿Yo no era como los demás? ¿Qué me hacía especial? Suspiramos los dos. El aire olía a césped húmedo y a los restos de colonia mezclada con alcohol.

—Tengo miedo —dijo, bajito.

—¿Miedo?

—Sí. De quedarme sola para siempre.

—Anda, no digas eso, tía. Me tienes a mí… aunque no sirva de mucho.

—Ya… —hizo una pausa larga—. En verdad, no sé qué haría sin ti.

—Pase lo que pase, siempre vas a tenerme.

—¿De verdad?

—Claro.

—Entonces, si a los… no sé, treinta, seguimos solteros, ¿serías mi novio?

La miré con los ojos entrecerrados. Me reí, no por burla, sino porque se me hizo un nudo raro por dentro.

—Qué boba eres.

Me quedé en silencio, mirándola. Mi pecho pesaba raro.

—¿Saldrías conmigo?

Se recostó contra mí. Encajó la cabeza en mi pecho como si estuviera hecha para ir ahí. El pelo me hizo cosquillas en la nariz y me llegó su olor. Respiraba despacio y yo también.

—Claro que sí, tonta.

Se quedó callada unos segundos. Luego alzó la cara hacia la mía. Tenía los ojos medio cerrados, o era la luz o el alcohol, o las dos cosas.

No dijo nada. Solo me miró. Sus pupilas brillaban y nuestras cabezas se acercaron sin querer, o queriendo. Era ese tipo de silencio que lo llena todo, donde cada segundo pesa más que el anterior. Notaba su aliento cálido con ese punto dulce del alcohol y algo que me hizo contener la respiración.

Por un momento, por un instante suspendido, creí que íbamos a besarnos. Estaba ocurriendo, o eso pensaba, y no supe si quería que pasara o si me daba miedo que ocurriera.

Justo entonces, unas voces lejanas rompieron el aire como una piedra contra el agua.

—¡Dónde coño estáis! —gritó Sara que se acercaba con Estela y Vega.

Mara parpadeó, yo me incorporé y la burbuja en la que estábamos estalló.

Así, sin más. Ella se rio, un poco nerviosa y yo también.

Nos levantamos del banco, torpes y descolocados, como si dejar atrás esa burbuja fuera más difícil de lo que parecía.

No dijimos nada más porque no sabíamos qué había estado a punto de pasar, o si realmente había estado a punto de pasar.

A veces me pregunto si, en otro universo, ese beso sí ocurrió.