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Mara
Quedaban apenas dos semanas para la fiesta de fin de verano y yo seguía sin salir de casa.
No me sentía lista. Era como si fuera todo estuviera contaminado de recuerdos que no quería enfrentar, pero no podía decir que no a una noche de chicas.
Sara se había quedado sola en casa y propuso maratón de Crepúsculo .
Veríamos las dos primeras películas antes de que pusieran la tercera en el cine de verano del pueblo.
Yo llevé los refrescos que había comprado ancá Mateo, aún fríos.
Estela trajo chuches, Vega palomitas, y Sara ponía la casa.
Nos distribuimos en los sofás en dos bandos enfrentados: Team Jacob y Team Edward .
Yo, por supuesto, estaba con Edward. ¿Quién no querría que un vampiro centenario la mirara mientras dormía?
Había algo reconfortante en cómo se obsesionaba con la rarita, en su forma de cuidarla y protegerla. A veces, deseaba ser Bella Swan.
Cuando terminó la segunda película, Sara nos miró con esa sonrisa suya, medio cómplice, medio traviesa.
—¿Queréis ver el alcohol que guardan mis padres?
Nos reímos y asentimos. Abrió el mueble bar del salón que estaba lleno de botellas polvorientas, casi todas empezadas.
Eligió una de vodka caramelo que estaba casi entera y le dio un trago.
Arrugó la cara como si se le quemara la garganta y nos pasó la botella.
Una a una, hicimos lo mismo. Picaba, sabía dulce y sucio a la vez, como las cosas que no se deben hacer, pero se hacen.
Entre sorbo y sorbo, la conversación fue deslizándose hacia los chicos y hacia el nuevo chico que rondaba a Estela, Héctor, que la iba a llevar al sitio de pizzas moderno que habían abierto. Sara confesó que le gustaba Daniel, el amigo. Vega fue la más clara.
—Yo paso de los tíos. Este año quiero centrarme en nosotras y estudiar a tope.
—¿Y tú? —preguntó Sara, mirándome por encima de la botella—. ¿Por qué no vuelves a salir?
Negué con la cabeza y me pasó la botella para que le diera otro trago. El sabor me raspó la lengua.
—Ya la gente ni se acuerda, tía. Ha pasado casi un mes —añadió Vega, quitándome la botella de las manos con delicadeza.
—Da igual —dije, encogiéndome sobre el sofá.
—¿Y quieres hablar de ello? —preguntó Estela.
Negué otra vez. No quería volver a pensar en ello, o recordar. No quería desenterrar nada.
—Sé que llevas un montón de tiempo rayada, regodeándote en la mierda —dijo Sara, sin rodeos—. Pero así no te haces bien.
—A ver, que a veces salgo. Incluso fui a la feria del pueblo de al lado.
—Ya, con Elio —intervino Vega con esa sonrisa que se le formaba solo en un lado de la cara.
—Uuuuh —corearon Estela y Sara, riéndose.
—No flipéis, que solo es mi amigo.
Pero lo dije demasiado rápido, demasiado alto, y noté cómo la habitación se volvía más estrecha, más caliente. No quería que lo mencionaran. No quería pensar en él. No quería sentir lo que sentía. El corazón se me desbocó sin permiso.
La botella estaba ya a punto de terminarse.
—Parad —dijo Sara, medio borracha—. Tenemos que dejar un culo aunque sea para que no se enteren de que nos la hemos bebido.
Nos reímos las cuatro. Nos dolía la barriga y la cabeza nos flotaba. Era ese momento raro en el que todo parece tener sentido y nada importa demasiado.
Entonces, entre carcajadas, pasó un coche con el escape libre zumbando por la calle. Todas lo reconocimos al instante porque vivía cerca de Sara, era el Seat León amarillo de Hugo. Yo me encogí en el sofá, como si pudiera desaparecer entre los cojines.
—Ojalá se le cayera una rama encima y le hiciera una raja en el techo del coche—soltó Vega, con voz vengativa pero elegante.
—No, no, mejor —intervino Sara—. Ojalá le pincharan las ruedas. Las cuatro. En mitad de la noche.
Hubo un silencio corto, una pausa, una chispa que pasó por las cuatro al mismo tiempo.
—¿Dónde guarda tu madre los cuchillos buenos? —preguntó Estela de pronto.
Sara se levantó como un resorte.
—En el cajón de la derecha.
—No. No. No —dije, aunque ya me estaba riendo—. Estáis locas. No pienso ir.
—Vamos a mirar, solo mirar —dijo Vega, siguiéndolas a la cocina.
—Podemos ir encapuchadas —añadió Sara, que ya tenía un cuchillo jamonero en la mano.
—No vamos a pinchar ruedas. No podemos. Eso es delito —intenté decir entre carcajadas.
—Delito es lo que te hizo él a ti —replicó Estela.
A las tres de la mañana, medio borrachas, con las zapatillas mal puestas y una linterna del garaje del padre de Sara, salimos a la calle como un comando de elite improvisado. Nuestro objetivo era el coche de Hugo.
Sin embargo, pinchar una rueda con un cuchillo jamonero no es tan fácil como parece. Entre risas, empujones y torpeza, el cuchillo se partió y justo entonces se encendió la luz del porche.
—¿Quién anda ahí? —dijo el alcalde.
Nos escondimos detrás del coche como crías pilladas haciendo algo malo. El corazón me golpeaba las sienes. No podíamos esconder nuestras risas.
Sara, valiente o inconsciente, se levantó con el cuchillo en la mano.
—Nada, señor. Estábamos dando un paseo —dijo con total naturalidad.
—¿Qué tienes ahí? —preguntó el hombre, acercándose. Vio el cuchillo partido junto a la rueda. Nos miró una a una.
—Ay, alma cándida... ¿acaso queríais pincharle una rueda?
No dijimos que sí, pero tampoco mentimos. Nos quedamos calladas
—¿Qué ha pasado? —preguntó por fin—. Conozco perfectamente a mi hijo. No es ningún hermanito de la caridad.
—Nada —intenté cortar, nerviosa.
—Su hijo es un cabrón —intervino Sara, con los ojos brillantes—. Le hizo una foto comprometida a mi amiga y va enseñándosela a todo el mundo.
El alcalde no dijo nada. Se quedó inmóvil. Llevaba una camiseta de tirantes y unos calzoncillos enormes. La luz del porche le hacía sombra en los ojos. Se agachó, recogió con cuidado la mitad del cuchillo del suelo y le quitó a Sara la otra parte.
—Anda —dijo al fin, bajando la voz—. Volved a casa. De mi hijo... me encargo yo.
Un par de días después, Hugo se largó a la capital con una tía suya.
No volví a saber nada de él, ni yo ni nadie del pueblo.
Desapareció como si se lo hubiera tragado la tierra o lo hubieran exiliado a la fuerza.
Supongo que el alcalde no podía permitirse que su hijo fuera por ahí haciendo esas cosas si quería conservar su puesto en el Ayuntamiento.