El último verano que fuimos 45
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Elio

—Ya sabemos que policía no puedes ser —me burlé con una sonrisa—. El malo se te habría escapado y habría dado la vuelta al mundo antes de que le acertaras.

Mara resopló sin mirarme. Seguía tan concentrada que parecía que en lugar de una escopeta tuviera en las manos el futuro del planeta.

Entrecerraba un ojo y, con pulso firme y la boca ligeramente abierta, apuntaba…

y fallaba, una y otra vez. Cada fallo le endurecía más el gesto y cada vez fallaba con más empeño.

—Anda, déjame que te enseñe.

Me puse detrás de ella. Coloqué mis manos sobre las suyas y acerqué la cabeza a la suya con cuidado, como si el más mínimo movimiento pudiera romper algo.

Su pelo olía a champú con vainilla y algo más, algo solo suyo.

Notaba el calor de su cuerpo contra el mío y la respiración suave, pero contenida.

Estábamos más cerca que nunca. Se me desbocó el corazón, pero lo ignoré. Me concentré, apunté, disparé y acerté.

—Venga, chicos, el mínimo para un premio es darle tres veces —dijo el chico del puesto sin mucho entusiasmo.

—Lo intento yo —dije rápido, y saqué otra moneda del bolsillo.

Me sudaban las manos. Tenía que dar en el blanco.

Si, después de todo lo que había dicho, no podía quedar como un bocazas.

Concentré toda mi energía en no pensar en ella justo detrás de mí, en no pensar en sus ojos mirándome, en no pensar en su risa cuando fallaba.

Mi objetivo era acertar: uno, dos, tres… Todos los tiros clavados.

El chico del puesto me miró con cara de enfadado.

—Elige algo —me dijo sin ganas.

—Elige tú —le propuse a Mara.

La vi fruncir el ceño, sorprendida.

—¿Yo? No, no. Te lo has ganado tú.

—Anda ya. Elige lo que más te guste. Yo lo tengo casi todo. Siempre juego y siempre gano —le guiñé un ojo.

Se mordió el labio mientras alzaba la vista. La vi recorrer la hilera de peluches con los ojos muy abiertos. Pero yo sí lo sabía, supe que sería ese antes de que lo señalara: el corazón rojo con ojos y lengua fuera. Era tan absurdo que solo podía ser para ella.

—Jo, no hacía falta —dijo cuando se lo dieron, abrazándolo—. Muchas gracias.

—¿Te gusta?

—¿Que si me gusta? Me encanta. Nunca me había tocado nada en la feria.

Seguimos andando. Yo aún tenía la sensación de sus manos bajo las mías, de su espalda contra mi pecho. Ella iba abrazada al peluche como si fuera un tesoro. Se reía con la mirada, más suelta, más viva.

Más adelante, me paré en un puesto a ver unos llaveros. Me gustaban esos que parecían una bola recubierta con cuerda de colores. No llegué a decidirme porque, cuando quise darme cuenta, ella ya había pagado.

—Toma —me dijo, poniéndomelo en la palma—. He cogido el más colorido para que no te olvides de mí —añadió en voz baja.

Me la quedé mirando. Llevaba el peluche apretado contra el pecho, la sonrisa aún encendida, el pelo revuelto por la brisa de la feria. Mara brillaba, como si, por fin, todo el dolor se hubiera deshecho en otra cosa. Claro que no me olvidaría nunca de ella.

Después nos subimos al barco vikingo, de esos que llevan jaula.

En una de las bajadas, con el viento golpeándonos la cara, me gritó que hacía mucho que no se sentía tan viva, que se lo había pasado bien sin necesidad de beber y sin preocuparse por nada.

Yo me quedé en silencio, con el corazón bombeando como loco, agradecido de ser yo el lugar donde se sentía tan a salvo como para ser ella misma.

A la vuelta en coche, después de todas las emociones, se quedó dormida en mi hombro.

Me agaché un poco para que se acomodara mejor.

Le pasé los dedos con cuidado por el pelo revuelto.

Apenas le rocé la sien, pero no se inmutó.

Dormía tranquila, con una cara de paz que casi me dolía de tan rara en ella.

Algo se agitó dentro de mí, como una corriente eléctrica que no sabía si era ternura, deseo o las dos cosas mezcladas.

Aparté la mano rápido, tragando saliva. ¿Por qué estaba haciendo eso?

Miré por la ventanilla, intentando que el latido se calmara, y prometiéndome que, por mucho que quisiera, no podía estropear lo que teníamos.