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Mara
No salí de casa en varias semanas.
El calor se colaba por las rendijas y los días pasaban lentos, todos iguales. La piscina del corral seguía allí, las cigarras no dejaban de cantar y, sin embargo, todo me parecía otro mundo, uno al que yo ya no pertenecía.
No era miedo. Lo que sentía era asco, vergüenza y rabia también, aunque estaba bien enterrada. No podría con las risas en el bar ni con las miradas en la plaza. Me imaginaba sus dedos señalándome, me lo imaginaba todo, y prefería quedarme en casa, ponerme los auriculares y perderme.
Escuchaba una y otra vez el disco que Elio había grabado para mí.
Incluso de ese, saltaba las canciones alegres porque me dolían.
A veces ponía el CD de Porta, aunque solo una canción me acompañaba de verdad: Nota de suicidio .
No era porque fuera a hacerlo, pero sí porque entendía lo que decía, la sensación de no querer estar, de desear no sentir, de apagarlo todo.
Vega seguía viniendo algunas tardes a bañarse.
Se tumbaba al sol, hablaba de tonterías y me hacía reír un poco, aunque yo no quería que desperdiciara su verano por mí.
Un día incluso aparecieron Sara y Estela a pasar la tarde, pero Estela tenía novio nuevo y un amigo suyo iba detrás de Sara, así que poco a poco todo volvía a la normalidad, menos yo.
Solo Elio se quedaba. Por las noches salíamos a pasear lejos, por caminos sin farolas, cerca de la sierra del pueblo, donde no había nadie, donde solo éramos él y yo y el sonido de las chicharras y algún grillo.
Hablábamos de todo y de nada. A veces, también jugábamos por las tardes al Assassin’s Creed como antes, cuando todo era más fácil.
Ese día mi abuela me puso la mano en la frente como cuando era pequeña.
—Hija, llevas varios días sin salir. ¿Segura que no tienes fiebre? —dijo con esa risa suya, tranquila.
—Es que no me apetece —dije sin levantar la vista.
—Lo dicho, tienes fiebre —se rio mi abuela con una taza en la mano.
Intenté sonreírle, pero no me salió del todo.
—¿Me vas a contar ya lo que pasa?
El mundo se me vino encima otra vez. Cerré los ojos. Lo pensé. Lo sopesé. No sabía si podía decírselo porque no quería decepcionarla.
—Estoy bien —mentí.
Se sentó a mi lado en el sofá.
—Puedes contármelo sin darme detalles si quieres —me dijo. Su voz era suave, sin presión.
—El resumen es que... —me temblaba un poco la voz— me lie con el chico equivocado. Hice algo de lo que me avergüenzo y él se lo ha contado a todo el mundo. Ya sabes cómo es la gente aquí.
Me encogí de hombros.
—Así que paso de aguantar cuchicheos, me quedaré en casa esperando a que se olvide todo—continúe quitándole importancia.
No dijo nada enseguida. Solo me abrazó. Me sostuvo fuerte, como si supiera cuánto necesitaba sentir su amor.
—El tiempo todo lo cura, hija mía —susurró.
Y después añadió algo que me rompió y me recompuso a la vez:
—Nunca te avergüences de haber sentido. La vergüenza es de quien traiciona, no de quien entrega el corazón.
En ese momento, llamaron a la puerta. Fui a abrir y, al verle, no supe por qué sonreí. Tal vez era porque era Elio, porque seguía viniendo. porque, aunque yo me sintiera rota, su mirada no había cambiado. No me juzgaba. Nunca lo había hecho.
—¿Tienes algún plan para esta noche? —preguntó con esa sonrisa suya, ladeada, tranquila.
—Sí —intenté sonar seria, pero se me escapó una pequeña mueca—. He quedado con mi discman, que dice que ya está harto de que escuche música de rayada en bucle y con la Nintendo DS. Me toca pasarme el último nivel del Super Mario Bros.
—Entonces supongo que puedes dejarlos plantados —alzó una ceja—. Te vengo a proponer algo.
—¿El qué?
—Mi madre quiere preparar masa de pizza y dice que podrías venir a casa a ayudar esta tarde. Después de que cenemos, si te apetece, quieren ir a la feria del pueblo de al lado. Les he dicho que vale, pero que vamos a nuestra bola.
Me quedé quieta porque una parte de mí quería decir que no, que no estaba lista, que aún dolía. Sin embargo, otra, la parte que había sonreído sin pensarlo al verle, se aferraba a esa posibilidad de vida, de volver a sentir algo que no fuera vergüenza ni tristeza.
Lo miré. Elio no me apretaba, solo se ofrecía, como siempre. Y eso, justo eso, me hizo querer salir de casa.
Hacer la masa había sido una odisea. Me había puesto perdida de harina en los primeros diez minutos y Elio no ayudaba en absoluto.
Anna nos había dejado la receta escrita a mano en un papel doblado y se había ido a planchar.
Yo intentaba tomármelo en serio, pero él solo hacía el tonto, les cambiaba los nombres a los ingredientes o se inventaba canciones con lo que íbamos echando al bol.
Cuando metimos la masa en el horno, me dolía la cara de reír.
Fuimos al salón a esperar mientras se hacía. Me dejé caer en el sofá, rendida, no por cansancio, sino por esa especie de alegría que te deja molida. Hacía semanas que no sentía el cuerpo así: liviano.
—Este Elio no es tonto, no —dijo la nonna desde su rincón, con los ojos entrecerrados—. Fa ridere le belle ragazze .
— Nonna! Zitta! —protestó él.
Yo no entendí nada, pero sonreí igual. Me encantaba oírlos hablar en italiano.
Después de cenar, más de lo que debería, Anna se giró hacia nosotros.
—¿Queréis veniros a la feria? —nos preguntó Anna después de cenar.
—Yo ya me voy a dormir, i mei bambini —anunció la abuela desde su sillón antes de levantarse. Se acercó y nos dio un beso a cada uno en la frente. Luego desapareció por el pasillo con su bata de flores arrastrando un poco.
Elio me miró, ladeando un poco la cabeza.
—¿Quieres?
Me quedé un segundo pensándolo. Podía decir que estaba cansada, que habíamos comido mucho, que mañana... Pero nada de eso pesaba tanto como las ganas de alargar esa noche un poco más.
—Vale, sí.