43
Elio
Cuando lo vi entrar solo aquella noche, supe que algo no encajaba. Hugo nunca volvía si se iba con Mara. Sin embargo, ahí estaba, con esa sonrisa torcida que llevaba como un trofeo. Se acercó a su grupo y pidió una copa.
Intenté centrarme en otra cosa. Estaba con Estela, Sara y Vega, medio gritando por encima de la música mientras hablábamos del chico que a Estela no terminaba de gustarle, aunque la trataba bien. Estábamos aconsejándole lo mejor que podíamos, que no era mucho, hasta que llegaron las risas.
Provenían del rincón donde se arremolinaban ellos. Más gente se acercaba, atraída por el escándalo. Sara frunció el ceño, Estela dejó de hablar y nosotros también fuimos, empujados por esa sensación asquerosa de que algo iba mal, muy mal.
—¿Qué pasa? —preguntó alguien.
—Una foto de Mara —respondió otro, entre risitas.
—Menuda. Cómo se lo tenía callado la gorda.
Fue como si me hubieran vaciado el pecho de golpe y el aire dentro de él se volvió ácido. Empujé a dos chicos y me abrí paso hasta el centro. Y allí estaba Hugo con su móvil en la mano, enseñándole la pantalla a los demás.
Había una foto. Era Mara. Estaba de rodillas, semidesnuda, vulnerable. Estaba desnuda de verdad, más allá del cuerpo, como solo puedes estar cuando confías en alguien.
Me bloqueé. El estómago se me encogió y las manos se me llenaron de rabia. Quise reventarle la cara ahí mismo, estamparle la cabeza contra los azulejos del bar, pero no me moví. No soy de esos. Nunca he sido de esos.
No sabía qué hacer, pero, por suerte, Sara sí.
—Borra esa puta foto ahora mismo.
—¿Por qué? La he hecho yo con mi móvil.
—Porque no sales tú en la foto, capullo. Es privado.
—Déjame en paz. Solo quiero que toda esta gente sepa lo guarra que es Mara.
Sara se le plantó delante. Se tuvo que poner de puntillas para mirarle a la cara.
—O borras la puta foto o te juro que...
Yo ya no escuchaba porque solo pensaba en Mara. ¿Dónde estaba? ¿Qué había pasado? ¿Qué le había hecho?
Saqué el móvil, pero no tenía ninguna llamada o mensaje. Tenía que encontrarla antes de que fuera tarde, antes de que se rompiera del todo.
La vi a lo lejos por el camino del descampado andando sola. Me acerqué deprisa.
—¿Estás bien? —pregunté.
No le dije nada de la foto porque no podía.
Ella solo asintió con la cabeza, pero no estaba bien.
Era evidente. Tenía los ojos vidriosos, los labios tensos, las manos cerradas en puños pequeños que apenas sabía cómo abrir.
La abracé fuerte, más de lo que se puede abrazar a alguien sin hacerle daño, como si pudiera pegar los trozos en los que se había roto desde fuera.
—No me lo quieres contar, ¿no?
Negó con la cabeza y se vino abajo. Lloró contra mi hombro, con esa forma suya de llorar callado, casi sin respirar, para no molestar ni siquiera mientras se deshacía. No pregunté más y solo la sujeté.
Cuando se calmó, le dije de llevarla a casa. Se negó porque quería volver al bar. Decía que nadie le iba a arruinar la noche. Yo le supliqué que no, pero era imposible hacerla cambiar de idea, así que fui con ella.
Al llegar, vimos a Sara con Vega y Estela sentadas en el bordillo. Sara tenía el labio partido y le habían dado hielo.
—Sara, ¿qué te ha pasado? —preguntó Mara, preocupada.
—Lo que me ha pasado es que me han partido la cara —dijo ella, sin rodeos.
—¿Por? —Mara se agachó, le tocó la mejilla con una delicadeza que me rompió.
Yo le hice una señal, con la cabeza, con los ojos, con todo mi cuerpo. No quería que siguiera hablando, quería retrasar el momento en el que Mara se enterara a toda costa. No sirvió de nada.
—Porque Hugo es un gilipollas —escupió Sara con rabia.
—¿Cómo?
Volví a hacerle señales, más urgentes, más torpes.
—Da igual —intenté impedirle que le respondiera.
—Si se va a enterar, mejor que sea por nosotros —intervino Vega.
—¿Qué pasa? —me preguntó Mara, directa con los ojos muy abiertos y la mandíbula tensa.
Tragué saliva. Yo no podía decirlo.
—Hugo está enseñando una foto —dijo Vega—. Sales tú de rodillas chupándosela.
Silencio.
—¿Cómo te dejaste hacer la foto? —soltó Estela, sin pensar.
—No sé. No sé. No sé —repetía Mara, bajito.
—Oye —salté—, que la culpa no es suya por dejarse hacer la foto. Es de él por enseñarla.
Entonces, apareció uno del grupo de Hugo. Tenía una copa en la mano y los ojos turbios de alcohol.
—¿Por cuánto me haces una mamada a mí?
—Cállate, gilipollas —le solté con asco.
Mara se fue corriendo sin decir nada. Intenté seguirla, pero Vega me agarró del brazo.
—Ya voy yo. Por favor, cuida de que Sara no se meta en más líos. Nosotras dos no hemos podido frenarla.
Asentí, sin muchas fuerzas. Acompañé a Sara y a Estela hasta casa y yo volví solo pensando en ella: en si estaría bien o en si me necesitaría.