El último verano que fuimos 42
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Mara

Puede que aquella noche hubiera bebido más de la cuenta, pero ya no sabía qué hacer para no pensar, para no sentir, para no ser yo.

Hugo me había escrito para pedirme algo nuevo, algo que me asustaba, aunque no quise reconocerlo del todo.

Me lo pidió con una sonrisa ladeada y palabras suaves: quería que probáramos algo distinto.

Para mí, era una línea que no quería cruzar.

Tenía diecisiete años y la sola idea de hacer sexo anal me daba miedo, repulsión, dolor. No quería, no me sentía lista.

Él insistió alegando que su novia también le ponía excusas, que no se atrevía, que lo dejaba siempre a medias.

Entonces, me miró sonriendo: si yo decía que sí, entonces él tal vez se quedaría conmigo.

Y yo quería que me eligiera con desesperación.

Por eso, bebí para que no me temblaran las manos, para que la voz de dentro, la que gritaba que no, se hiciera más pequeña.

Elio no se quedó callado como las anteriores veces. Desde que le había contado cómo me sentía, había guardado silencio. Me miraba, me abrazaba y ya. Pero esa noche, cuando me llegó el mensaje y sonreí como una tonta, puso su mano encima de la pantalla.

—Has bebido demasiado, Mara.

—Déjame, que yo controlo —mentí, mientras daba un traspié intentando mantenerme en pie.

—Te lo pido, por favor. Hoy no te vayas con él. No estás en condiciones. Sé que él se va a aprovechar, y tú también lo sabes.

Me lo dijo con los ojos llenos de miedo, pero nada iba a hacerme rechazar un mensaje de Hugo. Nunca lo hacía porque siempre estaba disponible para él: era mi única forma de existir.

—Prométeme que me vas a llamar si algo va mal, si no te encuentras bien, si necesitas que te recoja. Promételo.

—Vaaaaale, pero estaré bien.

No se quedó satisfecho. Lo vi en sus ojos, pero se tragó el miedo como yo me tragaba el mío. Supongo que todos nos conformamos con lo que podemos.

Me encontré con Hugo a la vuelta, como siempre. Subimos al coche y condujo hasta el descampado. Empezamos a besarnos y sentí que todo giraba. No sabía si era por la bebida o por la culpa. Me besaba con fuerza y me tocaba como si le perteneciera a él.

—¿Estás lista?

—No —susurré. No lo estaba y no quería.

—Anda, no tengas miedo. Lo he hecho con otras chicas y a todas les ha gustado.

Tenía miedo. Quería decirle que no, pero no sabía cómo sin que se enfadara. Me metió mano por debajo del vestido. Me sentía vacía y mi cuerpo no respondía.

—Hoy no, por favor. El próximo día. Te lo juro. Hoy no me encuentro bien.

Solo quería ganar tiempo para pensar. Sin embargo, todo cambió de golpe, como un portazo en mitad de la cara.

—¿Por qué me haces esto? Estoy engañando a mi novia por ti. ¿Y tú? ¿Tú te has visto? Te estoy haciendo un favor, Mara. ¿Y así me lo pagas?

Las palabras me dolieron más que cualquier otra cosa. Me redujo a eso: a un cuerpo que no merecía atención salvo por lástima, un cuerpo que él podía usar como quisiera, porque me estaba haciendo un favor.

—Lo siento. Llevas razón. Haremos lo que tú quieras —dije, desesperada, intentando besarle.

Él ya no tenía interés y me apartó.

—Bájate del coche. Me he cansado de que me marees.

Salió del asiento trasero y se sentó delante. Yo abrí la puerta y me bajé. El aire me golpeó la cara. El suelo me parecía inestable. Me quedé de pie en mitad del descampado sola, sin rumbo.

Todo se había ido a la mierda por mi culpa, porque no quise hacer lo que él quería, porque no fui suficiente. Y ahora qué. ¿Qué hacía sin su validación, sin sus mensajes, sin su atención?

No podía vivir sin ella. Sin eso, no era nada.

Solo era yo.

La Mara de siempre.

La Mara que nadie deseaba.

La Mara que nadie elegía.