El último verano que fuimos 41
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Elio

Fui a buscarla porque no volvía del baño. Desde que Hugo había entrado con esa chica, Mara no era la misma. Sonreía como si necesitara demostrarle al mundo que no le importaba y había pedido varios chupitos seguidos. Se reía y bailaba, pero yo la conocía demasiado bien.

Esperé en la puerta unos minutos, inquieto. Entonces salió Hugo mientras se pasaba la mano por el pelo con ese aire chulesco de siempre y se fue sin mirarme. Lo vi desaparecer entre la gente. Sentí un nudo en el estómago antes de verla.

Ella seguía dentro sentada en la taza, despeinada. Me sonrió de una manera muy forzada.

—Mara, ¿estás bien?

—Sí, perfectamente —se levantó con naturalidad y se arregló el pelo frente al espejo.

—¿Qué hacías con él ahí dentro?

Una sonrisa boba se le escapó, pero sus ojos estaban diciendo otra cosa, pedían ayuda en voz bajísima. Me dolió verla así. Me dolió saber que seguía creyendo que eso era lo único a lo que podía aspirar.

—Mara, ¿no te das cuenta de que solo te quiere para que abras las piernas? O la boca. Lo que le venga mejor.

Fue solo un segundo, un parpadeo, algo se quebró en su cara. Todo el dolor que había intentado esconder, de repente, ahí estaba expuesto.

—Mierda. Lo siento —balbuceé—. Estoy borracho, no sé ni lo que digo.

Intenté cogerle la mano, pero ella se soltó. Se fue del baño y del bar sin decir nada. Yo sí me despedí de las chicas, les dije que la iba a acompañar porque se encontraba mal. Salí corriendo y la vi más adelante, calle abajo, caminando rápido.

—Mara —grité—. Espera, por favor.

Corrí hasta que la alcancé y la tomé del brazo. Llevaba la máscara de pestañas emborronada. Joder, la había hecho llorar por ser un bruto.

—Hostia, lo siento mucho. No quería hacerte llorar —la abracé fuerte, sintiendo su temblor contra mi pecho. Hundí la nariz en su pelo que seguía oliendo a ella, a casa.

—Deja de pedir perdón —me dijo, con la voz rota—. Todo esto es culpa mía.

—No digas eso.

—Cuando me acosté con él por primera vez, fue horrible. Me sentí fatal, sucia. Sentí vergüenza y asco, pero no puedo parar. Es como si no pudiera decir que no. Me hago pequeña a su lado, cada vez más. Y quiero parar, juro que quiero, pero no sé cómo.

Se me partió el alma. No dije nada, solo la abracé porque no encontraba palabras que pudieran curar eso.

Hoy sí le diría que donde te hacen sentir más pequeña, más perdida, menos tú, ahí no es.

Entonces, solo la aguanté hasta que se calmó mientras le limpiaba las lágrimas con el pulgar.

Era muy guapa, incluso en esas circunstancias.

No entendía cómo Hugo podía tratarla así.

—Ya está, ya ha pasado.

—¿No vas a decir nada más?

—¿Cómo?

—No sé, un “te lo dije”.

—¿Serviría de algo?

Se encogió de hombros.

—Anda. Vámonos a casa.

Fue a mirar el móvil, pero se lo quité antes de que lo hiciera y me lo guardé en el bolsillo.

—Lo que sea puede esperar a mañana.

Caminamos en silencio. Al cabo de unos minutos, me lo contó todo, cómo él la hacía sentirse deseada y cómo después solo quedaban el vacío, la culpa, la vergüenza, que era una sensación pegajosa que ni siquiera la ducha podía quitarle.

Quería que bailara con ella, que le dedicara canciones, que la presentara, que la mostrara... Quería tenerlo todo, pero él solo le daba lo justo: migajas. Ella se conformaba porque no sabía, o no creía, que ahí fuera hubiera alguien dispuesto a bajarle la luna.

No la dejé entrar hasta que no se rio con alguna tontería que solté. Quedamos para seguir jugando al día siguiente, como otras tardes.

Me gustaría decir que esa fue la última vez que la vi llorar por Hugo, que fue valiente, que se alejó, que le marcó límites.

Pero estaría mintiendo.