40
Mara
Entré en una espiral de alcohol, fiesta y subirme a su coche cada vez que él me lo pedía.
Me había convencido de que no necesitaba más, que era suficiente con eso.
Él repetía que no buscaba nada serio y yo asentía, aunque cada vez que me dejaba en la puerta de casa con el corazón más vacío, me costaba un poco más creerme mi propio discurso.
Esa noche no llegó el mensaje. Miraba el móvil con la pantalla encendida, esperando algo que nunca llegó.
Lo único que pasó fue que Hugo entró al bar con otra: una chica más guapa, más delgada, más todo que yo.
Llevaba un top mínimo y una minifalda e iba agarrada a su brazo.
Me atraganté con la bebida. No tenía derecho a enfadarme, ya que él había sido claro desde el principio.
Sin embargo, me dolió como si me hubieran empujado al vacío.
Él ni siquiera me miró antes de irse. Se marchó con ella, con su mano en la cintura y esa seguridad cruel de quien sabe que siempre tiene otra opción esperando.
Me quedé ahí, con el vaso en la mano y un hueco nuevo en el pecho.
Intenté refugiarme en el alcohol bailando, aunque algo dentro de mí se había roto un poco más.
Cada trago sabía amargo, cada canción me pesaba en el cuerpo y, llegados a un punto, la música, la gente, todo se volvió ruido.
Fui al baño tambaleándome, con el estómago revuelto y los ojos húmedos sin saber por qué.
Cerré la puerta y me apoyé en el lavabo, intentando no mirarme en el espejo.
No quería ver la cara que tenía ni la verdad en mis pupilas.
Al salir, lo vi apoyado en la pared, esperándome con esa sonrisa suya, la que parecía esconder promesas que nunca cumplía.
No hizo falta que dijera nada. Me cogió de la mano y volvimos a entrar al cubículo. Me besó como si yo no lo hubiera visto marcharse con otra.
—Me moría por besarte —susurró.
Le quise decir tantas cosas, le quise preguntar por qué no me besaba nunca fuera de esas cuatro paredes y por qué no podía mirarme igual que la miraba a ella. Las palabras se me quedaron atravesadas.
Él me puso de rodillas y yo se lo consentí. No sé por qué, o sí. Después de correrse, se subió la cremallera sin mirarme y salió. No le volví a ver en toda la noche y yo me quedé sola en aquel baño, rodeada de ruido, con la vergüenza trepándome por la garganta, queriendo asfixiarme desde dentro.