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Elio
La vi irse y me tragué las palabras que querían salir. No le dije que se quedara. No la agarré del brazo ni le rogué que pensara mejor lo que estaba a punto de hacer. Me limité a ver cómo cruzaba la puerta del bar con la espalda recta y los ojos brillantes de una seguridad que no era suya.
Yo la conocía y, por eso, sabía distinguir cuándo sonreía porque quería y cuándo porque tenía miedo. Y esa noche yo había visto pánico, pero no pude decírselo.
Me quedé fuera un rato más, con la copa caliente en la mano, mirando el reflejo de las farolas. Pensé en seguirla, en llamarla, en esperar cerca por si acaso, pero no lo hice. No era mi lugar, o eso me repetía una y otra vez, como un mantra, mientras volvía a casa.
Estábamos echados en la cama jugando, más bien fingiendo que jugábamos. Mara llevaba ya un par de partidas perdiendo sin que pareciera ponerle atención al juego. Su forma de sujetar el mando no era la de siempre.
—¿Quieres otra ronda? —pregunté.
Ella no respondió de inmediato. Bajó el mando al regazo y miró la pantalla congelada unos segundos. Luego me miró y, por un instante, creí que tenía algo muy importante que contarme.
—Elio...
La forma en que pronunció mi nombre me encogió el pecho, como si tuviera que empujar el aire para hacerlo salir.
—¿Sí?
—Nada... —desvió la mirada a la pantalla—. Te toca —dijo pasándome el mando con una sonrisa desinflada, vacía.
Me acomodé en la cama sin decir nada más porque sabía que había algo roto dentro de ella, algo que aún no sabía cómo nombrar. Aunque quería abrazarla y prometerle que todo iba a estar bien, había aprendido que las personas solo hablan cuando están listas.
Por esa razón, no insistí, solo me quedé a su lado, como siempre. Intenté hacerla reír para que, por un momento, olvidara lo que fuera que le estuviera haciendo daño, como cada tarde.