38
Mara
Me estaba maquillando las pestañas frente al espejo del baño, con el pulso un poco más tembloroso de lo habitual.
Me había puesto un vestido largo de flores, de tirantes finos, que me rozaba los tobillos al caminar.
Había elegido las sandalias más cómodas que tenía para poder bailar sin pensar en el dolor de pies.
Me atusé el pelo por tercera vez, como si eso fuera a domar también la inquietud que llevaba dentro.
Antes de salir, me asomé al salón. La abuela estaba viendo Menuda noche; lo supe por las carcajadas de Juan y Medio mezcladas con las suyas. Le dije adiós con una sonrisa y salí de casa con la seguridad falsa de quien se repite que todo irá bien.
Sin embargo, yo no estaba tranquila. Esa noche iba a dar un paso más: iba a desnudarme delante de Hugo, iba a perder la virginidad. Solo Elio lo sabía porque a él… no le podía mentir, porque siempre me escuchaba sin juicios.
Hugo me había dicho que, si queríamos ser algo más, teníamos que dar ciertos pasos porque no era justo tener algo a medias. Y yo le creí, le creía como un beato cree en Dios: con los ojos cerrados y el corazón puesto en la promesa de ser elegida, de valer la pena.
Al llegar al bar, me recibió la música muy alta y mis amigas que ya estaban allí, riéndose con los vasos en la mano, el pelo alborotado y los ojos brillantes. Me uní a ellas con los nervios mordiéndome por dentro.
Empecé a beber porque quería disolver la sensación pegajosa que se me había instalado en el pecho: una mezcla de miedo, inseguridad y ganas de gustar.
Bailé al ritmo de Te pintaron pajaritos en el aire , Ella no sigue modas y otras canciones más intentando empujar lejos una duda que no sabía cómo nombrar.
Y entonces llegó el mensaje donde me decía que nos veíamos en media hora .
—Hey, ¿qué pasa? —Elio me abrazó para preguntármelo al oído, por encima del ruido de la música.
—Nada… que en media hora me voy —dije sin mirarle del todo.
Él carraspeó y se apartó con rapidez.
—Voy a pedir otra ronda. ¿Alguien quiere algo? —preguntó sin dirigirse a mí.
No dijo nada más. Yo esperaba una broma para relajarme. Parecía que él no quería que pasara, como si ignorarlo lo hiciera desaparecer.
—Yo te acompaño —le dije y, sin esperar respuesta, eché a andar tras él.
Entre la gente, le sujeté la mano para no perderlo. Al entrelazarlas, sentí un cosquilleo en el pecho porque, a su lado, me sentía tranquila.
—Oye, ¿todo bien? —pregunté, cuando llegamos a la barra.
—Sí, sí. ¿Por? —dijo con una seriedad que no le pegaba.
No se lo creía ni él.
—No me la cuelas, Elio.
—Pues tendrás que fingir que me crees —respondió con una sonrisa torcida, sin gracia.
—Sé que no te gusta Hugo, pero tienes que confiar en mí. No es malo, es solo que…
—¿Qué? ¿Estás buscando una razón para justificar cómo te trata?
—No es eso. No sé... —bajé la mirada—. A veces simplemente siento que...
—Da igual —me interrumpió, más suave—. Solo soy tu amigo. Me preocupo por ti, pero tú eres la única que debe saber lo que quiere.
Ahí estaba otra vez esa frase: « Lo que quiero ». Ojalá fuera tan fácil saberlo.
Nos bebimos un chupito juntos y brindamos por nosotros, mirándonos a los ojos. En ese instante, solo existíamos él y yo y habría jurado que nos bastaba con eso.
Volví con el grupo y solté la noticia a mis amigas.
—¿Estás segura? —preguntó Estela, frunciendo el ceño.
Asentí dudosa porque ni yo sabía si estaba segura.
—Te vas a arrepentir —dijo Sara, sin dramatismos, como una certeza que le dolía más a ella que a mí.
—Confía en mí —intenté sonreírle, acariciándole el brazo con suavidad.
—Vale —cedió y me abrazó—. Pero, si te hace algo, le parto las piernas.
Y sabía que no lo decía en broma. Ella siempre había sido la que peleaba por mí cuando yo no sabía cómo hacerlo.
Las abracé a las tres: a Estela, que no dejaba de mirarme con preocupación; a Sara, que parecía lista para saltar al cuello de cualquiera si hacía falta, y a Vega, que me miraba con cariño.
Y a Elio también, que no había vuelto a abrir la boca desde que nos habíamos bebido el chupito.
Él no me dijo nada, pero en su silencio había algo más ruidoso que cualquier discurso.
Luego, salí del bar para encontrarme con Hugo. Cada paso me acercaba más a ese momento que, en teoría, debería haber deseado. Sin embargo, una presión en el pecho me comprimía el aire hasta hacerlo casi irrespirable.
Intenté repetirme que no era para tanto, que la gente perdía la virginidad todos los días, que era un momento sin más.
Sin embargo, no lo sentía así. No era así porque mis manos temblaban un poco y el estómago se me revolvía.
Había algo dentro de mí que gritaba en voz baja.
Era una voz pequeña, casi imperceptible, que me pedía que me detuviera, pero yo no estaba dispuesta a escucharla.
No quería porque Hugo me deseaba. Y, si él me quería, si me tocaba y me miraba como si fuera suficiente, entonces tal vez por fin lo era, así que apreté los puños y caminé más deprisa.
El coche olía a ambientador barato y tabaco. Estaba limpio y parecía preparado para la ocasión. Me subí y él me besó al instante, rápido, posesivo.
—Estás preciosa —dijo, mordiéndose el labio inferior.
—Gracias —susurré, incómoda.
—No sabes las ganas que tenía de que llegara este día.
Entonces, me acarició el muslo, subiendo poco a poco por debajo del vestido. Yo seguí el guion que me había aprendido de memoria. Lo hice todo como creía que debía hacerse; no por deseo, sino por expectativa; no por placer, sino por miedo a no ser suficiente.
Entonces ocurrió. No sé en qué momento exacto, pero ocurrió.
Mi cuerpo dejó de ser mío. Se convirtió en un objeto que estaba ahí, respondiendo por inercia.
Sonreía y asentía cuando él me decía algo y me giraba cuando me lo pedía.
Fingía estar presente, pero dentro solo había un silencio hueco, un agujero que se tragaba todo lo que yo era.
Cuando terminó, me besó la frente.
—Ha estado genial —dijo con la voz rasgada.
Luego arrancó el coche y me dejó en la puerta de casa.
—Mañana te digo algo, ¿vale?
Yo asentí con la cabeza, ni siquiera respondí. Esperé a que arrancara y desapareciera por la calle vacía. Entonces subí a casa en silencio, sin mirar a mi abuela que se había quedado dormida en el sofá.
Me encerré en el baño, me quité la ropa y me duché sin mirarme al espejo. El agua caía caliente, pero yo tiritaba. No lloré porque ni siquiera podía. Sentía algo pegajoso, como culpa, como vergüenza, como si hubiera traicionado a alguien, pero ese alguien era yo misma.
No era que él me hubiera obligado. Yo había dicho que sí, había seguido el plan y había buscado la validación. Pero eso no era lo mismo que querer, eso no era lo mismo que estar preparada.
Y ahora, ¿a quién se lo contaba? ¿A Elio? ¿A Sara? No podía porque, si decía la verdad, quizá me recordarían que me avisaron, que nadie me obligó, que lo decidí yo. Lo decidí, pero a veces lo que más duele es no saber por qué decidiste hacerte daño.