37
Elio
Había vuelto a caer por décima vez. El personaje de Mara en el Assassin’s Creed tropezó de nuevo y ambos estallamos en una carcajada.
Llevábamos un rato jugando, compartiendo el mando cada vez que el otro moría.
Desde que llegó al pueblo, se había convertido en una especie de ritual: ella venía a casa casi todas las tardes que no íbamos a la piscina y avanzábamos en el juego.
—No sé cómo puedes ser tan mala a esto —le dije, sin poder borrar la sonrisa.
—¡Oye! —protestó, empujándome con el hombro—. No te metas conmigo. No tengo buena coordinación en las manos.
—Me toca a mí —le guiñé un ojo y le quité el mando con delicadeza.
—Vale, jo... Pero a ver si esta vez me dejas jugar más de un minuto seguido.
Mientras mi personaje escalaba una pared del juego, su teléfono vibró.
Ella lo sacó del bolsillo y, apenas leyó el mensaje, una sonrisa se dibujó en su rostro.
No era una sonrisa cualquiera, era la que siempre le salía con mezcla de orgullo y nerviosismo, la que parecía hacerle brillar por dentro, la que reservaba para él.
Intenté no reaccionar y fingí que me concentraba en la partida. Yo ya sabía quién era.
—Es Hugo —dijo al fin, con ese tono de voz que adoptaba cuando quería hacer parecer que todo estaba bien, aunque algo temblara por debajo—. Me está diciendo que hoy... por fin lo haremos.
Como si una jarra de agua helada me hubiera caído encima, me encogí por dentro. Sentí cómo la sangre me abandonaba las manos, cómo el pulso se aceleraba sin darme permiso. No eran solo celos, era una punzada de impotencia, de saber que algo no encajaba y que ella no lo veía, o no quería verlo.
Quise decirle tantas cosas, gritar que él no la merecía, que la trataba como algo desechable, que merecía más. Sin embargo, no lo hice porque si alzaba la voz, ella se cerraría. Entonces, me quedaría sin saber lo que pasaba y yo quería estar ahí, aunque me doliera, por si alguna vez me necesitaba.
—¿Estás segura? —pregunté, sin juzgar, solo con la voz más suave que pude reunir—. Es un paso importante.
Ella asintió, bajando un poco la vista.
—Claro que estoy segura —dijo, aunque su voz titubeó—. Hugo quiere hacerlo conmigo. No puedo rechazar esa oportunidad.
Una parte de mí se rompió. ¿Eso pensaba? ¿Que era una suerte y que tenía que estar agradecida?
—Mara... esto no va de lo que quiere Hugo —dije, al fin, dejando el mando a un lado y girándome hacia ella—. Va de lo que quieras tú.
Ella no respondió, solo volvió a mirar su pantalla. Ahí supe, en ese instante, que a veces las personas se adentran en caminos donde ni siquiera saben si quieren ir y que no era mi lugar empujarla en ninguna dirección.
—¿Me dejas jugar otro rato? —preguntó ella cambiando de tema.
Asentí y le pasé el mando.
—A ver si esta vez aguantas más de un minuto —dije.
Sonrió, pero ya no sonaba igual.