El último verano que fuimos 36
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Mara

Llegué un poco insegura. No estaba de pie esperándome como la primera vez, pero un parpadeo de luces me indicó dónde buscar. Ahí estaba su coche, aparcado en un lateral oscuro de la calle.

Me acerqué y lo vi a través del cristal: iba guapísimo.

La camiseta blanca, apretada, le marcaba los músculos de los brazos y del pecho.

Llevaba la misma cadena de plata que brillaba un poco con las luces del salpicadero.

Me sentí pequeña y tonta, con el corazón acelerado. Él bajó la ventanilla solo lo justo.

—Móntate, corre.

Abrí la puerta del copiloto con emoción, sintiéndome importante, elegida. Él no me miró, solo arrancó y empezó a conducir. Fuimos en silencio hasta el descampado.

—¿Qué tal? —preguntó al aparcar, con esa sonrisa que sabía usar tan bien.

—Bien… voy un poco borracha, la verdad —admití con una risa floja, más por nervios que por gracia.

Pero no respondió. No hubo charla ni caricias, solo se giró y me besó de manera rápida y brusca, como si no le importara mi respuesta. Sus labios aplastaron los míos, húmedos, con sabor a tabaco y a alcohol. Me tomó la mano y la llevó a su entrepierna sin pedir permiso.

—Mira cómo me tienes —murmuró pegado a mi boca.

Lo noté muy duro y me sentí bien por conseguir eso en él, por tener ese poder a pesar de mi físico. Le seguí acariciando por inercia sin preguntarme si era lo que quería de verdad. Algo dentro de mí se tensó. Hoy sé que era una parte muy pequeña de mí que me intentaba avisar, pero no la escuché.