El último verano que fuimos 35
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Mara

Para ser el primer día, había bebido (y bailado) más de la cuenta. Debería haberme reservado para el resto del verano, pero algo dentro de mí pedía vivirlo todo de golpe, como si temiera que se me escapara de las manos.

Salimos al parque que estaba junto al bar-discoteca para tomar el aire.

Éramos cinco, sentados en un banco de piedra todavía caliente por el sol.

La noche olía a césped, a sudor dulce, a nostalgia prematura.

Hablábamos de la vida, de lo que esperábamos de ella, de todo y de nada.

Cada uno estaba perdido en sus pensamientos, en sus pequeñas batallas.

Estela se lamentaba porque el chico que le gustaba no dejaba de enviarle señales confusas; le escribía por la noche y la ignoraba de día.

Sara declaraba que no quería saber nada de hombres después de lo de Hugo.

Vega decía que no tenía ni idea de qué iba a hacer con su vida, y nadie se atrevía a contradecirla.

Y Elio… Elio solo nos escuchaba en silencio, apoyado contra el respaldo, con las manos entrelazadas sobre el regazo y los ojos atentos.

Siempre se le había dado bien eso: escuchar y mirar de verdad.

Cuando llegó mi turno, dije que tenía muchas ganas de encontrarme con Hugo. No supe bien por qué lo dije, o para quién. Tal vez para mí misma o tal vez porque aún creía que algo importante me esperaba con él.

Intentábamos ayudarnos entre todos, lanzando frases torpes, consejos prestados, pero cada uno cargaba con sus propios fantasmas y no eran de los que se espantan fácilmente. Entonces, Sara sacó su nuevo móvil.

—Chicos, mirad qué canción me he pasado —anunció, emocionada.

Bastaron los primeros acordes para que una chispa nos recorriera a todos: Stereo Hearts . Era nuestra canción. Habíamos estado obsesionados con ella todo el invierno. Sara incluso se había buscado la letra para entender bien lo que decía y, según ella, era “nuestra” porque hablaba de nosotros.

Cuando llegó esa parte, esa frase que nos sabíamos de memoria, la gritamos con el pecho lleno:

I only pray you never leave me behind

Because good music can be so hard to find

I take your hand and pull it closer to mine

Thought love was dead, but now you’re changing my mind.

Era nuestro himno, nuestro pegamento, era la canción que nos recordaba que, aunque todo cambiara, aunque el verano se complicara, al menos seguiríamos siendo nosotros y estando juntos.

Cuando terminó la canción, Sara nos estaba enviando la canción por Bluetooth. Entonces, sentí la vibración del móvil en el bolsillo: un mensaje nuevo de Hugo.

Ya me la pasaría a mí después. Se me aceleró el corazón sin permiso. Lo había estado esperando todo el invierno, y ahora estaba ahí.

—¿A dónde vas? —preguntó Vega, ladeando la cabeza.

—Hugo me ha escrito —confesé, bajando un poco la mirada.

Sara fue la primera en romper el aire.

—Sabes que esto no está bien, tía. Que te está usando. ¿Es que no lo ves?

—¿Lo sabes tú mejor que yo? —repliqué, sintiendo cómo se me tensaban los hombros.

—Sí, porque tú estás ciega —dijo ella sin rastro de crueldad, solo con el cansancio de quien había visto esa historia demasiadas veces.

—Haya paz, chicas —intervino Estela.

Busqué a Vega con la mirada, deseando encontrar algo de complicidad en sus ojos, un gesto, un sí silencioso, pero solo negó con la cabeza.

Entonces miré a Elio que tenía la mirada fija en mí, pero no decía nada.

No había juicio ni aprobación, solo silencio.

Y ese silencio me dolió más que cualquier palabra.

No me entendían, joder. Con Hugo, me sentía válida, como si yo también pudiera ser esa chica a la que se busca, se espera, se desea. Si le gustaba a él, podría demostrarle al mundo que, después de todo, había algo en mí que merecía ser elegido.

¿Cómo podía ser tan malo algo que me hacía sentir tan bien? Aún no había aprendido que algunas cosas que brillan al principio pueden terminar dejando marcas que no se ven hasta mucho después.