El último verano que fuimos 34
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Elio

Estaba nervioso. Llevaba más de una hora sin saber qué hacer con el cuerpo: me levantaba de la cama, daba vueltas y me volvía a sentar. Me pasaba las manos por el pelo y luego miraba el móvil. Nada. ¿Habría llegado ya Mara? ¿Le habría dado su abuela el CD? ¿Lo habría escuchado?

Solo de pensarlo, me subía un calor ridículo al pecho. No había tenido valor de dárselo en persona porque solo imaginármela leyendo el título me daba vergüenza ajena. ¿Y si se reía? ¿Y si pensaba que era una tontería?

Por eso, se lo dejé a su abuela. Además, para disimular todo un poco, hasta hice otros discos para Sara, Estela y Vega. Tenían canciones al azar, alguna de reguetón, alguna que bailábamos de fiesta, pero que no significaban nada. Solo eran la tapadera.

El único disco que pensé de verdad fue el suyo. Cada canción la elegí a conciencia, como si cada pista pudiera decirle, sin palabras, que no había dejado de pensar en ella, que la había echado de menos y que la escuchaba cuando no estaba.

Aquel día salíamos para celebrar que Mara ya estaba en el pueblo.

No lo habíamos hablado exactamente así, pero todos lo sentíamos.

Su llegada marcaba el inicio del verano y, aunque al principio era solo la prima de Vega, poco a poco todos le habíamos cogido cariño.

O, al menos, eso decía yo en voz alta para no admitir lo obvio porque, en mi caso, era otra cosa.

Era viernes, así que la excusa era perfecta.

Me pasé más rato del habitual frente al armario.

Terminé poniéndome una camisa hawaiana nueva que mi madre me había comprado en una escapada a la capital.

Me la abotoné sin pensarlo demasiado, pero después me miré al espejo.

Me dejé el pelo húmedo, con la esperanza de que pareciera más desenfadado que preparado.

Me despedí de la mamma y la nonna y salí con un nudo raro en el estómago.

Al llegar al punto de encuentro, un banco en la calle principal justo frente al estudio de fotografía del pueblo, ellas ya estaban allí.

Vega hablaba con las manos, como siempre, y Mara escuchaba, sentada con los tobillos cruzados.

Llevaba un vestido con frutas estampadas y el pelo suelto, ligeramente alborotado.

Me quedé parado un segundo, solo un segundo.

Sin embargo, bastó para que todo lo demás perdiera velocidad, como si el verano entero se inclinara hacia ella. El ruido de la calle, el zumbido de las chicharras, incluso mis propios pasos: todo pareció ralentizarse mientras ella alzaba la vista.

En cuanto me vio, vino corriendo hacia mí. Me estrechó entre sus brazos muy fuerte y yo aspiré su olor, a vainilla mezclado con su champú.

—Cómo te he echado de menos —susurró junto a mi cuello.

Y yo me perdí. Perdí el norte, las palabras, el equilibrio.

De repente, todo tenía sentido: los toques, los SMS, las conversaciones de Tuenti que siempre caían en sábado porque era el único día que sus madres le dejaban usar el ordenador.

Todo había sido una forma de estar cerca, de no soltarnos del todo.

Y ahora, con sus brazos alrededor de mi cuello, entendí que yo tampoco quería hacerlo.

Vega también se acercó y me abrazó, pero no fue como con Mara. No había pasado tanto desde la última vez que nos vimos, y su abrazo fue más casual, más breve.

—Oye, gracias por el CD —me dijo con una sonrisa ilusionada.

Me quedé un segundo sin saber qué decir.

Su voz tenía ese matiz entre sorpresa y ternura que me dejaba sin defensas.

Vi cómo se le encendían los ojos, cómo apretaba los labios intentando contener una sonrisa demasiado grande, y algo se me revolvió por dentro, algo bonito.

No me esperaba esa reacción, pero verla así hacía que todo mereciera la pena. Y, de repente, me sentí muy torpe.

—Ah, ¿a ti también te ha hecho uno? —intervino Vega, girándose hacia Mara—. Sí que estabas aburrido —rio sin darle demasiada importancia.

Y vi cómo el gesto de Mara cambiaba, casi imperceptible. Una sombra rápida le cruzó la cara. No quería eso, pero pude ver en sus ojos la desilusión. No quería que pensara que lo había hecho por aburrimiento porque no era así, yo solo quería hacerla sentir importante.