El último verano que fuimos 33
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Mara

Ese verano iba a ser mi verano.

Había hablado mucho con las chicas y con Elio. Habíamos descubierto Tuenti y de pronto parecía que el mundo se había hecho más pequeño, más accesible.

Yo no era precisamente popular y, cuando entraba a mi perfil, no me llovían las peticiones ni los mensajes como a Sara. A pesar de eso, me gustaba iniciar sesión solo para ver qué pasaba, qué se subía, de qué hablaban los demás.

Unos días antes de ir al pueblo, recibí la solicitud de amistad de Hugo. Sentí un vuelco en el estómago al verlo y me temblaron las manos al aceptar. Charlamos muy poco, lo justo, solo quería saber qué día llegaba al pueblo. Y eso, para mí, ya era suficiente para soñar con todo lo que podría pasar.

Para mis madres, era un alivio que me gustara pasar el verano en el pueblo porque eso significaba una preocupación menos.

Me dejaban allí con mi abuela y se quitaban de encima el quebradero de cabeza que suponía tenerme aburrida en la capital.

Nada más llegar, dejé mi maleta en la habitación.

Me había traído mi discman-MP3 nuevo, de esos que aún podían leer CD y también almacenar canciones si sabías descargarlas.

Como yo no era de esas privilegiadas porque solo usaba el ordenador para Tuenti, me había traído todos mis discos favoritos: Pitbull, Maldita Nerea, Prince Royce, Bisbal, la banda sonora de Gladiator…

Cuando mis madres se marcharon, sin apenas despedirse, la casa pareció quedar en silencio. Nos quedamos solas la abuela y yo.

—Hija mía, ¿qué tal? —preguntó, con esa ternura que solo ella sabía tener.

—Tengo muchísimas ganas de ver a mis amigas —respondí, aún con la emoción en el cuerpo.

Me acarició la cabeza con la palma arrugada y suave, como si todavía fuera una niña pequeña.

—Tu prima Vega me ha dicho que fueras a verla en cuanto llegaras.

—Ahora iré —respondí, mientras vaciaba la maleta sobre la cómoda vieja y oscura que siempre olía un poco a cerrado.

Empecé a colocar la ropa en el armario emocionada porque tenía ropa nueva que por fin me hacía sentir algo más yo: vestidos alegres, con flores y frutas estampadas, comprados en una tienda recién llegada de Dublín.

La abuela no insistió ni preguntó más, y me dejó sola en la habitación para, al cabo de unos minutos, volver.

—Toma —dijo con una media sonrisa, tendiéndome un CD—. Lo dejó el Elio el otro día para ti y me pidió que te lo diera cuando llegaras.

Lo cogí con las dos manos. Estaba escrito con rotulador negro: Varios de Mara, con su letra desordenada y redonda.

Sentí cómo el pecho se me apretaba porque me hizo una ilusión absurda.

Me sentí importante, vista. Quise preguntarle a la abuela qué más había dicho Elio, si parecía nervioso o si venía con prisa, pero me mordí la lengua.

El corazón me latía tan fuerte que lo oía en las sienes. Puse el disco en mi discman y la primera canción empezó a sonar: Maldito alcohol, dulce tormento… Me reí sola. Me entraron ganas de bailar porque esa canción me hacía sentir viva y ligera. La habíamos bailado mucho el verano pasado.

Mientras colocaba el maquillaje en el primer cajón de la cómoda, empezó la segunda.

La reconocí en cuanto sonó el primer acorde: Cosas que suenan a…

de Maldita Nerea. Era uno de mis grupos favoritos y justo estaban mis preferidas: Tu mirada me hace grande , Con trocitos y Por el miedo a equivocarnos.

Esa última aún hoy me rompe un poco el alma cada vez que la escucho.

Después vinieron otras sueltas: Corazón sin cara , Mi princesa (los últimos coletazos de que mi favorito de OT1 fue David Bisbal), Como en un mar eterno, Danza Kuduro, Waka Waka y Now We Are Free .

Cuando terminó de reproducirse, yo ya había deshecho todas las maletas.

Me tumbé del todo, rendida, con la cabeza apoyada sobre las manos.

Y me puse a pensar. ¿Por qué había elegido él esas canciones?

¿Por qué justo esas? Con Elio siempre discutíamos por la música porque decía que me saltaba casi todas las canciones, pero el problema era que a mí solo me gustaban una o dos de cada CD.

Miré los discos que había traído y me di cuenta de que coincidían.

Eran todas las que nunca saltaba, todas las que él sabía que me gustaban.

Ese disco no era una simple recopilación aleatoria.

Y eso me hizo sentir más querida que cualquier otra cosa, aunque yo aún no sabía que así era como me tenían que querer.