32
Elio
Veo en sus ojos que dirá que sí. No lo hará porque me haya perdonado ni porque quiera volver a hablarme, sino porque está sudada, agotada y al borde del colapso.
Y, aun así, no puedo evitar mirarla. No debería, lo sé. No debería fijarme en cómo el pijama corto se le pega a la piel como una segunda capa, en cómo el sudor le marca los pezones a través de la tela, en cómo se le han desordenado los mechones del moño y tiene la piel colorada, brillante, rabiosa.
—Vale —responde mirando hacia abajo—. Pero que conste que acepto tu ayuda porque me muero de calor. Esto no cambia nada.
—Como quieras —respondo, y me cuesta que no se me quiebre la voz.
Ya intuía que no querría hablar conmigo, que solo aceptaría por necesidad. Pero duele igual, duele como mil agujas clavándose justo donde tengo todo lo que no digo.
Al menos, podrá estar bien en casa. Dormirá en un sitio fresco y respirará sin que el aire parezca fuego. Quizás si no llego a venir, podría haberle dado un golpe de calor. Esa casa es un horno, y ella no se queja hasta que ya es tarde. Nunca lo hizo.
Cuando cierra la puerta y me sigue calle abajo, un silencio lleno de lo que nunca dijimos nos rodea.
Solo escucho el ruido de sus pasos y me fijo en que le tiembla un poco una mano donde lleva el aseo.
Me gustaría ofrecerle mi ayuda, pero no lo hago porque me ha dejado claro que esto no cambia nada.
El silencio, esta vez, lo acepto como lo que es: un castigo merecido.
—Pasa. Estás en tu casa —le digo, sonriendo y haciendo un ademán con la mano después de abrir la puerta.
Ella entra con pasos lentos. Le hago un recorrido rápido por la casa: el salón con las persianas bajadas para que entre el mínimo sol; la cocina ordenada, donde hay un par de vasos en el fregadero; el baño, pequeño pero limpio, con toallas dobladas y la ducha lista para cuando quiera refrescarse.
Por último, la llevo hasta la habitación donde el aire acondicionado ya lleva funcionando un buen rato. La puerta se abre y un frescor agradable nos envuelve de inmediato. Me fijo en cómo sus ojos parecen relajarse un poco, el peso del calor que se desprende de sus hombros.
—¿Tan seguro estabas de que iba a decir que sí? —me pregunta, con una mezcla de curiosidad y escepticismo.
Me encojo de hombros, con una sonrisa tenue, un poco incómoda.
—Lo que es seguro es que no te iba a dejar sola con esta ola de calor.
Entonces, su mirada se desvía hacia mi mano, donde todavía sostengo las llaves.
Por un instante, sus ojos se detienen en algo colgando: el llavero de bola recubierta de cordón multicolor, desgastado por los años y los recuerdos.
Es el que ella me regaló y desde entonces nunca me he desprendido de él.
He cambiado de llaves, de casa, de vida, pero no de ese pequeño símbolo que, sin entender bien por qué, se ha quedado conmigo.
Ella susurra, casi con reverencia:
—¿Eso es lo que creo que es?
Asiento, incapaz de articular palabra. Ella niega con la cabeza, como si quisiera alejar esos recuerdos, y entra en la habitación, cerrando la puerta detrás de sí. En el aire, solo queda el peso de todo lo que nunca dijimos.